sábado, 14 de agosto de 2021

El tour del contagio

 

 

Bienvenidos al tour del contagio, un evento exclusivo para gente valemadrista carente de empatía y sentido común. Como podrán observar, el escenario ya se encuentra listo para este show único en el mundo y ustedes son afortunados, créanme, pues vivirán una experiencia de vida (o muerte) que no se da en ningún otro lugar del planeta. Siéntanse cómodos, preparen sus cámaras y a disfrutar. ¡Comencemos!

Al frente podrán observar una pirámide que representa un gasto inútil en tiempos de pandemia, pero no importa, lo de hoy es el espectáculo y gracias a ustedes este circo se mantiene vivo. ¿No se sienten orgullosos de eso? También representa un pasaje histórico, según cuentan, pero sólo es el pretexto para proyectar esta parafernalia.

Y aquí hago un pequeño paréntesis para una aclaración: si ustedes vinieron porque querían conocer a Apocalypto, lamento decepcionarlos, pero hoy no asistirá. Es que le tocó guardia en su pirámide, además él sí se está cuidando y prefiere no andar en grupos para evitar contagiarse.

Dicho lo anterior, retomo la explicación de nuestro tour. Les decía que podrán admirar luces, colores y se sorprenderán a lo largo de 15 minutos, tiempo suficiente para contagiarse entre la multitud. Hay que arriesgarse, como les dijo su amado tlatoani. Háganle caso, debemos salir, abracémonos, vengan en metro y propaguen el virus. Exijamos disculpas por la conquista, que se haga sentir ese clamor nacional... mientras él descansa en su palacio y se ríe de ustedes ahí a unos cuantos pasos. ¡Pero arriba ese ánimo!

Además, como agradecimiento por su preferencia, les tenemos una gran sorpresa: podrán visitar el Mictlán ustedes mismos. Nada más guarden su boleto sellado, porque Mictlantecuhtli se los pedirá en la entrada. Ahí podrán convivir con muchos de los aquí presentes y como coctel de bienvenida les darán una muestra gratis de pulque, conocido antiguamente como "octli", la bebida de los dioses. ¿Qué les parece?

Y ya para finalizar este emocionante recorrido, de su lado izquierdo verán la catedral, el símbolo católico por excelencia. Para que no anden refunfuñando de sus orígenes y lo que son actualmente, ¿porque cuántos de aquí ejercen esta religión? Ahí pueden pasar a pedir por sus almas si el bicho los ataca y no encuentran remedio. Si traen sus estampas "detente", el efecto es mejor, está comprobadísimo por la autoridad suprema que siempre ha tomado en serio la pandemia.

Pues bien, por mi parte es todo y espero que hayan disfrutado este recorrido por la historia y el contagio. Después de su visita se les recomienda hacerse una prueba y aguantarse si dan positivo, pero sobre todo, vacunarse contra el virus y contra la ignorancia.

Si mi explicación fue de su agrado y consideran una propina para este su servidor, se los agradeceré de corazón. Pero les paso mi número de cuenta para depósito o transferencia, porque todavía no se me da eso de andar en multitudes. ¡Nos vemos en el próximo tour, amigos!

domingo, 14 de febrero de 2021

San Valentín para dummies

 

Había una vez un señor llamado Claudio II que era emperador romano allá por el año 270 en la era calendárica de Yisuscraist. En sus tiempos se armaban los cocolazos porque la hacía de tos y organizaba guerras, entonces reclutaba a jóvenes para que le hicieran el paro y así ganarle a cuanto compa le cantaba el tiro.
 
Pero estos chavos, antes de aventarse al ruedo con espada en mano como en la película “Gladiador”, querían prometerle amor eterno a sus parejas porque quién sabe si regresarían vivos de las chingas que les acomodaban, entonces matrimoniarse era primordial para ellos y andaban con esa onda en la cabeza.
 
—¿Qué haré para que mis tropas se concentren en las batallas y arrasen con el enemigo? —se preguntaba en buen Claudio. ¿Les contrato un curso de coaching? ¿Les pongo videos motivacionales? ¿Les aviento un discurso épico de esos donde todos acabamos llorando de la emoción? —se cuestionaba una y otra vez.
 
Y después de tanto darle vueltas al asunto, de no poder dormir noches enteras y andar cargando ojeras de mapache, decidió algo que quedaría marcado en la historia:
 
—Ya sé, antes de ir a la guerra les prohibiré casarse a los chavos, porque si lo hacen, se la pasarán pensando en sus crushes, escribiendo cartas, enviando corazones y eso me resta power; los necesito acá chidos, bien concentrados.
 
Pues dicho y hecho, que les cumple su amenaza. Ah, pero ya sabemos que siempre hay alguien que la hace de pedo porque nada le parece y qué creen, justo aquí aparece en la escena el buen Valentín.
“Vale” pa los cuates, era un sacerdote al que no le pareció el decreto de Claudio y también armó su plan: él dijo que casaría parejas en secreto y que viva el amorts. Entonces el registro civil se quedó corto, no se daba abasto con los novios y ahí andaba trabajando horas extra para declarar marido y mujer a quienes solicitaran su servicio religioso.
 
Todo iba excelente, pero también sabemos que no falta el chismoso que desmadra todo y este vato fue a dar el pitazo. Ni sabemos cómo se llama, pero digámosle el “Pato Chapoy Romano”. Acto seguido, giraron una orden de aprehensión al buen Vale, sin opción a fianza ni libertad condicional, lo llevaron al tambo y lo condenaron a muerte. Triste la suerte de nuestro buen amigo.
 
Pues ya encerrado el sacerdote, y mientras esperaba su hora final, Asterio, el carcelero, le presentó a su hija Julia (quien era invidente de nacimiento) para que el letrado Valentín le enseñara. No obstante, el encargado de vigilarlo se burló de él y le dijo que si en verdad era muy ducho, le devolviera la vista a la niña. Y, raza, no me lo van a creer, pero asombrosamente el milagro se hizo, aunque nuestro buen héroe no se salvó de morir justamente un 14 de febrero. Y antes de que el destino lo alcanzara, así bien telenovelero pero real, le escribió una carta a su alumna, la cual firmó: “de tu Valentín”.
 
¿No les da coraje? Me refiero a que anden ahí vendiendo dulces y flores bien caros estos días en nombre del buen Vale y ni siquiera sepan su historia. Pero así es esto, amigos. Que su legado quede en la memoria histórica por los siglos de los siglos. ¿Gustan otro café? Para seguir en el debraye literario.

jueves, 31 de diciembre de 2020

El nuevo despertar

 

A veces repasamos la historia y damos cuenta de episodios lejanos que son memoria de acontecimientos funestos y desde aquí, instalados en la lejanía, sencillamente damos vuelta a la página.

Hoy es diferente, pues resulta que nosotros somos parte de este capítulo llamado 2020 recordado a partir de ya por quienes estamos inmersos en la supervivencia de su agonía. El golpe de timón aconteció entre sus manos y marcó la pauta de un aprendizaje a punta de tragedia, pero también de sucesos que nos mantienen a flote.

Cambiamos las risas por las cifras, los planes por la incertidumbre, la rutina por el miedo y la libertad por las alertas. Pero seguimos, a pesar de los pesares y la marcha que a veces no muestra rumbo alguno. Tenemos a nuestros cercanos, aquí en casa o allá a la distancia; también a los que habitan en la memoria y acudimos para salvaguardarnos desde cualquier plegaria.

Al escribir estas líneas soy afortunado, como tú que también puedes leerlas. Agradezcamos, valoremos, entreguemos una lágrima en silencio y continuemos. Este ciclo fue extraordinario, inusual y cualquier adjetivo le quedaría corto; habrá que clausurarlo con el rigor del aprendizaje que nadie esperaba, pero nos llegó de golpe.

Que cada amanecer cobre nueva vida en nosotros y las ilusiones se mantengan vigentes. Los abrazos llegarán, así como el momento de sabernos libres nuevamente. Desde aquí van los buenos deseos, aquellos que cada fecha como esta se renuevan, pero hoy más que nunca necesitamos que trasciendan en realidad.

Encontraremos luz al final del túnel y ahí estará 2021.

sábado, 7 de noviembre de 2020

40

Fue un viernes a esta hora, según me cuentan. Sur de la ciudad, donde la historia comenzó y sigue vigente hasta hoy día. Alejandro, oficialmente puesto en nombre y quien hoy expresa con letras este andar, agradece al calendario, a la vida y a las personas queridas la compañía en lo físico o desde el recuerdo este 7 de noviembre.

Un recuento resultaría poco menos que imposible, pero valgan estas líneas para encontrar y compartir un poco de ánimo que ha sido minimizado estos tiempos donde las calamidades están a la orden del día. Hoy no, así lo decidí. Hoy la pausa es para abrazar desde la memoria a quienes el camino ha puesto más adelante y para sabernos cerca a pesar de las distancias los que seguimos aquí.

Hoy dediqué unos minutos para encontrarme con quien fui: aquel niño que siempre estuvo en deuda con las habilidades futboleras pero igual disfrutaba correr tras una pelota; el que jugaba libre en la calle y recorrió el catálogo de disfraces para cumplir en los festivales escolares; el mismo del raspón en la rodilla, de las caídas en bicicleta y los festejos infantiles siempre tan anhelados.

Tengo mucho que recordar y si me dieran a elegir otra vida, volvería a tomar la que tengo ahora, con el archivo de defectos y cualidades que traigo, los sinsabores y desamores, las alegrías y hasta los miedos. Pero sobre todo, rescato los momentos con las personas queridas, mi colección de amaneceres, el café y la música; las letras, las fotografías y los lugares del alma; las ideas espontáneas y aquella lesión que, sin planearla, de reboté me envió al mundo de los kilómetros a pie y en bicicleta que hoy disfruto sobremanera.

He sobrevivido a la transición tecnológica, a terremotos, crisis y ahora tratando de esquivar una pandemia. El mundo está algo loco, sí, pero he aprendido a vivir en una practicidad que hasta hace unos años me era imposible, a dejar ir, a cerrar puertas para poder abrir otras, a aligerar cargas y desatarme de culpas. Hoy no, así lo decidí y ojalá que la intención se multiplique.

Gracias a quienes me expresan felicitación en llamada o mensaje, aquí o en otros rumbos electrónicos. Sepan que lo aprecio y que hoy brindar también es por ustedes. Llegará el tiempo del abrazo pendiente y será mejor, renovado, fortalecido. Ayer fue un buen día, pero mañana debe ser mejor. Que haya Alex para rato, para mí, para ustedes.

Piso 4, bienvenido.

sábado, 18 de julio de 2020

La culpa es del gobierno


Y de los ciudadanos, por supuesto. Pero titulé este texto basado en la creencia de un gran número de personas, porque siempre es más fácil culpar al ajeno que aceptar la responsabilidad propia.

El coronavirus ya provocó fracturas a nivel social, personal y hasta psicológico, y es aquí donde la delgada línea se vuelve casi invisible entre las decisiones gubernamentales que afectan lo social y las acciones individuales que repercuten en más de uno.

¿Entonces a quién debemos cargarles las cifras de contagios y muertes? Debemos irnos por mitades, yo digo, en justa proporción: 50 % le toca a las autoridades y 50 % a nosotros.

Para arrancar el debate, partamos de una idea simple ya confirmada: el actual virus es nuevo en el mundo y como tal, cada día se conocen nuevos detalles a la par de la cifra que aumenta en varios países, entre ellos, principal y desafortunadamente, México.

Entonces la pedrada inicial va para el gobierno, pues de sobra conocemos sus formas de enfrentar la epidemia y al mismo tiempo de exhibir sus carencias ante dicha situación. La fuerza de contagio moral, las imágenes milagrosas, como anillo al dedo, el minimizar la enfermedad y tomarla a la ligera en sus inicios fueron acciones que hoy tienen minada la credibilidad puesta en ellos.

El subsecretario se aventuró a pronosticar números, fechas y simplemente ha fallado; el presidente lo contradice en sus acciones y el rumbo no se vislumbra claro. No hay curva aplanada y hasta el uso del cubrebocas los ha puesto en una encrucijada: López Obrador jamás lo utiliza (excepto si va a Estados Unidos porque ahí no se andan con jaladas) y sigue jugándole al vivo. Si a él le pasa algo, como sea, pero desafortunadamente, queramos o no, todavía es imagen pública de autoridad y ejemplo para muchos. ¿Entonces por qué hacer caso a los demás, si el señor líder y mesías no lo hace?  

Están viendo y no ven. Y aquí es donde va la segunda pedrada: jodidos estamos por la ignorancia y valemadrismo que nos arropa como sociedad que extravió la empatía hace rato. Quienes salen por algo necesario no me dejarán mentir: ahí va por la calle la señora con sus hijos pequeños, papaloteando libremente sin cubrebocas y haciéndola de blanco para el bicho en turno; quienes aseguran que medir la temperatura mata neuronas (cuando sus argumentos evidencian que ya no tienen); el que viaja en el transporte público sin la menor precaución; el pelmazo organizador de fiestas o el que berrea porque nunca respetó las medidas pero llevó a su familiar enfermo al hospital y reclama: “lo traje bien y aquí lo mataron”. ¿Neta? Si estaba bien, ¿entonces para qué carajos lo trajo?

Así como exigimos a las autoridades porque es nuestro derecho, también estamos obligados a participar como ciudadanos. Si en ponerte un cubrebocas ocupas 10 segundos, ¿cuál es tu pretexto? Si puedes lavarte las manos y llevar siempre un frasco de gel, ¿qué te cuesta? Esta situación mundial debe hacernos modificar nuestras acciones y darnos un golpe de conciencia histórico que muchos todavía no captan.

La terquedad es un don estúpido que favorece a muchos, pero que también chinga a otros. ¿De qué lado estás tú?

viernes, 24 de abril de 2020

El farolero



La lluvia que arreciaba sobre la calle Madero dibujaba una grisáceas cortina entre la cual apenas se percibían las fachadas de los edificios históricos. Con cada paso protegido por un insuficiente paraguas, Helena y Alex esquivaban charcos mientras repasaban con emoción las imágenes tomadas minutos antes.

—¿Ves? Te dije que era buena idea venir a esta hora.

—Sí, eso de tomar fotos de madrugada sonaba ridículo, pero logramos excelentes tomas; esta zona de la ciudad tiene una magia muy especial antes del alba.

Luego de algunas cuadras, atrás dejaron el Zócalo con su imponente catedral, un palacio y los vestigios arqueológicos que resguardan leyendas de un pasado perdido en el tiempo. Casi al llegar a la avenida principal, la calle se mostró completamente vacía, la lluvia cesó de tajo y una gran luna llena puesta en lo alto del cielo iluminó el entorno, mostrando así una postal única que no podían desaprovechar.

—¿Ya viste la calle? Rápido, pásame el tripié —sugirió Alex con voz emocionada, sin cuestionarse el fenómeno que acababan de atestiguar.

Colocó el paraguas a un costado y con rapidez montó la cámara. Helena se acercó para asegurarse de que el encuadre fuera perfecto y sin vacilar presionó el botón para capturar la imagen. El aparato guardó el archivo gráfico y al revisarlo, sólo se mostró un color negro que llenaba la pequeña pantalla.

 —¿Pero qué sucedió? —cuestionó Helena con extrañeza— Aquí no se observa nada.

Alex giró la cámara para confirmar con asombro que, efectivamente, sólo una tonalidad oscura se visualizaba en el rectángulo digital.

—Esto es muy raro, intentemos otra vez —se apresuró a colocar la cámara mientras la luna se ocultaba para dejar la calle en penumbra.

La segunda toma pareció tener mejor resultado, aunque aquello que reflejaba mostró algo misterioso: una silueta debajo del farol colocado en lo alto de la esquina, al parecer de un hombre ataviado con sombrero y gabardina que ocultaba sus pies. Sin voltear a verlos, señaló hacia el frente y caminó algunos pasos para después perderse en una bruma que flotaba a un costado de la calle.

—¿Viste eso? —musitó Helena mientras ambos permanecían en total asombro.

—¿Quién es esa persona? ¿Por qué no la vimos si estaba ahí? —respondió Alex con más interrogantes.

Con la única luz proveniente del farol, se acercaron hacia el lugar donde lo vieron desaparecer y tras la bruma, el Templo de San Francisco apareció en oscuridad y con la puerta abierta. Se miraron uno al otro, sin decir palabra alguna, y continuaron avanzando lentamente hasta llegar a la entrada del recinto sagrado.

—Ahí, mira —señaló Alex hacia una banca cercana al altar.

Apenas perceptible, una persona sentada se veía a unos metros de ellos, en silencio y sin moverse. Un estado de confusión los invadió. De repente, aquella figura encendió una luz tenue, de veladora quizás, y comenzó a murmurar lo que parecía una oración.

—¿Escuchas lo que dice? —preguntó Helena en voz baja.

—Es como si estuviera rezando, pero no le entiendo nada —respondió Alex con cierto nerviosismo.

Así pasaron algunos segundos hasta que nuevamente todo quedó en silencio y se escuchó un leve soplido: la luz de la veladora fue apagada y el humo se desvaneció en el aire.

—También deberían rezar por sus almas —les dijo una voz ultraterrena—.

Paralizados por el miedo, observaron cómo aquella silueta volteaba y desde su asiento, con una mirada rojiza fija sobre ellos, soltó una risa que invadió hasta el rincón más recóndito del templo. Sólo atinaron a correr para escapar y al cruzar la salida, nuevamente en la calle Madero envuelta en oscuridad, el flash de la cámara disparó su luz y nunca más se supo de ellos.



“¡Lleve su libro de leyendas del Centro Histórico!”, se escucha entre el bullicio del atardecer un sábado cualquiera sobre la banqueta afuera de la catedral.

—¿A cuánto, joven? —cuestionó un turista atraído por la fascinación de las narraciones.

—Llévelo a 50 pesos. Mire, chéquelo, está bien interesante y trae muchas historias.

El lector lo tomó para hojearlo y conocer de un vistazo el contenido del mencionado libro.

—La Calle de la Quemada, la Llorona, la Casa de los Azulejos… los clásicos. ¿Y cuál es esta? ¿El farolero? Nunca la había escuchado.

—Este el único libro que la menciona y lo tengo yo. ¿No le parece interesante? —dijo el vendedor con una extraña sonrisa en su rostro.

—¿Y de qué trata? A ver, gánese la venta —respondió con otra sonrisa el turista.

—En la época colonial, cuando no había alumbrado eléctrico en la calle, existió un personaje que encendía los faroles al caer la noche y ahí nació el nombre de su oficio; se le veía de sombrero, abrigo, pantalón y botines. Pero además era vigilante porque lidiaba con asaltantes y borrachos. ¿Ve usted al fondo de esa calle? —señaló hacia Madero— Por allá era el recorrido de don Miguel, un farolero al que una noche asesinaron para robarle. Dicen que al otro día encontraron su cuerpo en un terreno que ahora es el templo y nunca agarraron a quienes lo mataron. Pues en las noches de luna regresa para rezar por su alma y llevarse a quienes se cruzan por su camino, pensando que son aquellos que lo mataron.

—Claro, y usted cree todo eso —dijo el comprador en tono de burla.

—¿Usted no? —reviró ágilmente el poseedor del libro.

—¿Por qué debería hacerlo? Esas historias sólo son para dar miedo a los niños y se oyen bien contadas en voz como la de usted que…

—Me llamo Miguel, como el personaje de la leyenda; puede llamarme así —interrumpió sonriendo nuevamente.

—Muy bien, señor Miguel. ¿Entonces creemos la tenebrosa leyenda del farolero que murió en manos de unos extraños y ahora sale a penar y matar gente en las noches? Claro.

—Así es y ya va siendo hora —dijo mientras abría el libro para mostrarle una imagen de dos personas en cuyos rostros se reflejaba un gran terror.

—¿Y por qué está tan seguro?

—¿Ve esta fotografía en el texto donde se describe la leyenda?

—¿Qué tiene de especial? ¿Por qué insiste en que le crea?—preguntó el turista, al tiempo que llegaba la noche y caían las primeras gotas de una torrencial lluvia que se avecinaba.

—Porque yo mismo tomé la foto.

Mayo

Te escribo desde la trinchera del silencio, aquí donde el recuento de los daños pasa factura a punta de recuerdos, nostalgias y preguntas ...