Te escribo desde la trinchera del silencio, aquí donde el recuento de los daños pasa factura a punta de recuerdos, nostalgias y preguntas sin respuestas. Y es así: a veces el golpe de realidad te obliga a elegir la cautela antes que el impulso, el llanto en secreto antes que el reclamo y la absurda sensatez de pasarla mal antes que regresar a donde ya no eres bienvenido.
El vaivén de las horas ha significado agonía y el castillo que parecía de cristal hoy se desmorona cual arena frente a la marea. Todo fue tan rápido, tan sutil y tan implacable. Me cobijé con tu sonrisa, arropé mis oídos con tu voz y seguro estaba de que el color de tu mirada regalaba vida, pero al final llegó la certeza que nadie desea en medio de estas circunstancias.
Desde entonces el calendario ha desmoronado sus días y la sombra de tu ausencia se agiganta en medio de la incertidumbre. Decirte que la he pasado bien sería mentirte, mucho menos en las madrugadas donde el llanto debía ser discreto para no evidenciar el abismo que lo provocaba. Y ahí estabas tú, distante y distinta, con tu recuerdo conjugado a través de canciones que apuntaban directo al corazón y sólo me regalaban el sinsentido de tu partida.
Este día, inundado por una tranquilidad incómoda y avanzando a tropiezos, sé que la lección debe ser aprendida. Toca reconstruir, rescatar la dignidad, confirmar la lealtad que soy capaz de otorgar y reivindicar el honor propio. No habrá reclamos ni confrontación, porque cuando las acciones hablan, las palabras sobran. Duele la forma, el momento y las consecuencias, pero asumirlas debe ser el primer paso para regresar al camino. Tu libertad de elegir y tu felicidad ahora están en tus manos: lo mismo decreto para mí a partir de hoy.
“No creas que te guardo algún rencor, es siempre más feliz quien más amo y ese siempre fui yo”.
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