miércoles, 2 de noviembre de 2016

El eterno regreso


La campana se oye discreta y la plaza despierta envuelta en bruma; la baja temperatura cobija los pocos pasos de quienes vamos por aquí entre ofrendas, un aroma a copal y flores de cempasúchil. Para menguar un poco el clima, mis manos rodean un vaso de café caliente que hace más llevadera la mañana.

—Algunos dicen que es por el frío que cala recio en estos días; otros, que por la fecha. Nomás échele un ojito al calendario, le aseguro que es por eso —dijo de repente una voz de gran edad, como para darle explicación al momento—. Venga, mírelo usted mismo; párese aquí y vea a través del agua.

Escéptico por lo que decía el señor, cambié de lugar hacia un punto cercano a la fuente; en ese instante, el sol reflejó sus primeros rayos y con la iglesia de fondo, siluetas y colores se dibujaron entre sus líneas de agua: eran personas que parecían esperar algo, pacientes y en silencio. Sus atuendos, de aspecto antiguo, eran de manta, huaraches y sombrero de paja en los hombres; falda, rebozo tejido de colores y en su mayoría descalzas en las mujeres.

—¿Lo notó? Ahora venga, párese aquí y ya no verá a nadie —dijo el anciano—. Así pasa cada año, cada ciclo; es la magia de este lugar.

—Debe ser un efecto extraño por el agua —respondí sorprendido.

—No se crea, usted vio bien y entiendo su asombro; déjeme le explico.

“Hace mucho tiempo esto era un cementerio, justo donde está parado ahora; aquí era el atrio y al fondo la iglesia, como aún permanece. Esos arcos detrás de usted eran la entrada, para que vea que no le miento. Con el tiempo la ciudad fue creciendo y del camposanto nomás quedó el recuerdo.

Los lugareños venían a oír misa y a pasar el rato con sus difuntos en días como hoy; ya sabe, a traerles comida, a platicar con ellos, a cantarles, y mírelos, puntuales como cada año. ¿Verdad que es bonito conservar la tradición?” 

—Claro, también me gusta esta fecha. ¿Cómo me dijo que se llama?

—Jacinto, soy Jacinto Pérez para servirle —respondió el anciano.

—Es un gusto, señor. Resulta grato encontrar a cronistas que relaten sus historias de una forma tan interesante como lo hace usted. ¿Es nativo de aquí?

—Sí, joven. Este es mi pueblo, aquí crecí, fui a la escuela, trabajé de carpintero y también vi morir a mucha gente. Qué pena que algunos ya no estén —dijo cambiando su tono de voz y santiguándose mientras quitaba su sombrero.

—Lo entiendo, sé lo que significa perder a seres queridos y duele bastante. Pero anímese, con sus narraciones estoy seguro de que sorprende a muchos; Coyoacán es un lugar muy rico en historia y como usted pocos, se lo aseguro.

—Gracias, joven. ¿Sabe? Quiero pedirle un favor: si está en su voluntad…

—Por supuesto, no tiene que decirlo —interrumpí su petición mientras metía mi mano al bolsillo del pantalón para buscar algunas monedas.

—No, joven, creo que no me está entendiendo. Sólo le pido que nos ayude con una lucecita para nuestro regreso, puede ponerla aquí en alguna ofrenda de la plaza, entre las flores y las calaveras de cartón. También le pido que nos regale un poco de agua, pues venimos de muy lejos y tenemos sed; créame, con eso me doy por bien servido… ahora sigamos nuestro camino, usted aquí y yo con ellos.

En ese momento no supe qué decir, parecía como si el tiempo se hubiera detenido por algunos instantes y de repente me encontré solo. Al ver nuevamente a través del agua de la fuente, observé al señor Jacinto que se dirigía al interior de la iglesia entre las demás personas. Afuera, el organillo comenzó sus melodías y la vida regresaba a la plaza: el bullicio, la gente, lo cotidiano. El año venidero la cita será puntual, como ahora, como antes, como siempre.

sábado, 23 de julio de 2016

De crónicas y lugares



Recuerdo bien aquel salón a las nueve de la mañana cada lunes del semestre: espacio pequeño, cifra de alumnos que no rebasaba la veintena y la profesora, de estatura baja, pelo rizado y voz con un toque adolescente, que solicitaba a su audiencia dar lectura a la tarea que religiosamente debíamos cumplir el fin de semana previo con tal de alcanzar el acumulado porcentaje calificativo que nos acreditaría en su materia.

Fue por allá de 2001 y, lo confieso sin remordimiento alguno, era una de las pocas tareas que me provocaban un mínimo de emoción, tal vez por su simpleza o posiblemente por una extraña habilidad que en mí habitaba pero todavía no descubría. Entonces daba inicio una letanía de anécdotas registradas en hojas impresas sobre las cuales, al final de cada clase, se reflejaba una calificación medianamente decente como para decir que aquello me gustaba.

Hoy evoco esos instantes desde un lugar cuyo bullicio es distinto a lo que simulaba una romería cada dos horas por el cambio de clase; en cambio, el ruido más fuerte que inunda el ambiente ahora es el del agua que golpea la fuente que adorna. Hay uno que otro fotógrafo capturando detalles que a simple vista no se ven pero que sin duda existen, y los autos, aunque cerca de una vía rápida, todavía se cuentan con los dedos de las manos.

Este sitio es de mis favoritos. He estado aquí incontables ocasiones y cada vez le encuentro algo diferente; representa para mí un poco de identidad y parte de lo que soy respecto a ciertos lugares más allá de calles y edificios. Debe ser una suerte verlo desde esta perspectiva, pues más de uno diría que mucho antes ya le habría invadido el tedio por practicar lo que yo.

Una de mis teorías es que aquí encuentro un pedacito de provincia que evoco cada vez que vengo y quizá no esté tan perdido en ello. Encuentro en el paisaje la luz de faroles en espera de iluminar caminos, las sombras de árboles proyectadas sobre el piso dibujando curiosas formas, la voz de un organillo que interpreta cadenciosas melodías, la prisa infantil de pasos por alcanzar palomas que vuelan al sentirse asechadas, el girar incansable de colores en forma de rehiletes y la campana religiosa que invita a su recinto.

Justo ahora no hay prisa. Me siento parte de la historia de este lugar aunque, claro está, seguramente no seré recordado como la inquilina que habitó la Casa Azul o el personaje que vivió en el actual edificio delegacional. Entretanto, permanezco aquí construyendo palabras y evocando instantes; navegando entre adoquines y callejones, entre leyendas y fachadas.

Y es así, a la distancia desde aquella aula, que mantengo el ejercicio de las letras y los hallazgos. Las circunstancias son distintas, pero la emoción prevalece. La banca metálica que solía ocupar ha cambiado por otra de idéntico material, aunque en forma y lugar distintos. ¿Qué pensaría hoy la profesora Lourdes creo que ese era su nombre­ de este alumno en el cual sembró un gusto peculiar por escribir? Ignoro la respuesta, pero su labor docente tuvo efecto y ahora este es el resultado.

“No olviden hacer su crónica el fin de semana”, decía. Y yo, puntualmente domingo por la noche, me plantaba frente al monitor a cumplir con el deber académico hasta que, sin darme cuenta, ese deber se convirtió en placer. Hoy en día el alfabeto sigue teniendo la misma cantidad de letras, pero mezclarlas con experiencias y anécdotas nos deja inventar hasta donde la imaginación nos permita; eso, sumado al hecho de encontrar personas que en el camino inspiren a darles sentido, basta para descubrir la ecuación perfecta. Creo que en ese camino voy.   

Mayo

Te escribo desde la trinchera del silencio, aquí donde el recuento de los daños pasa factura a punta de recuerdos, nostalgias y preguntas ...