viernes, 17 de julio de 2015

Otro ataque de reflexión nacional



En mis épocas universitarias solía llenarme la cabeza con teorías de la comunicación y a veces, cuando veo televisión especialmente (ejercicio ya no tan recurrente por miedo a tener pesadillas), compruebo que quienes dictaron semejantes ideas tenían las letras llenas de razón. Una de ellas en particular, la llamada Agenda Setting, es fiel reflejo de lo que acontece en la actualidad nacional. Y entonces ahí viene mi ataque de reflexión.

Al respecto, la explicación simple y llana dice que lo que se muestra en los medios es lo que influye en la percepción del público y no al revés. Entonces ya se jodió la cosa. Se hace una bonita agenda de aquello que debe dictar lo que la gente tiene que conocer y con base en eso armar temas de conversación a la hora de la comida, durante el asado del fin de semana o hasta en una borrachera, por qué no, aunque por otro lado nos cargue el payaso.

Entonces consideremos eso en la teoría y pongamos de ejemplo en la práctica, no sé, se me ocurre por inspiración divina, a México: angustiados porque 11 sujetos (más los cambios que sirven para lo mismo, o sea, nada) no le ganan ni a un equipo incompleto de la Ciudad Deportiva; que otra vez se fugó el más buscado por un túnel y el sistema penitenciario es más frágil que artesanía china de porcelana; que si el mandamás nacional anda de paseo con su séquito y se “indigna” con lo ocurrido, aunque le entristece más que su gaviota se le anda escapando del nido… ¿Ven por qué ya no prendo la televisión? Encima hay que tragarse la nueva temporada de la azucena de Chuchita, digo, la rosa de Guadalupe. ¡Carajo! Unas horas de ver la caja esa y me pongo mal.

El caso es que detrás de tanto show que nos imponen está lo bueno y muchos ni cuenta se dan, pero como somos Memelandia y el país de la queja virtual por excelencia, pasa todo y nada pasa. Digo, una cosa es el cotorreo y agarrarnos de lo que sea para hacerlo cómico porque así de jocosos somos los mexicanos, y otra muy diferente es hacernos de la vista gorda cuando tenemos información a nuestro alcance como hace años no sucedía y hacer como que la virgen nos habla.

Y tampoco hay que ser eruditos ni ratones de biblioteca para hacer un tratado de sociología en México, no exageremos, pero no está de más una leidita diaria de lo que acontece para formarnos un criterio y saber que hay vida más allá de lo que un puñado de canales nos ofrece. A fin de cuentas, nosotros somos responsables en gran medida de lo que ocurre y desafortunadamente a quien hay que echarle montón no es al que se pasea y a pesar de su ignorancia nos ve la cara, sino a quien lo puso ahí.

Sueño con el día en que apaguemos la tele y prendamos la conciencia, entonces el rumbo empezará a ser distinto. La ignorancia es la mejor arma para el que somete y la peor aliada para el sometido, la diferencia es que el primero lo hace de forma consciente y el segundo no; más de una generación hará falta para empezar a mover la maquinaria en favor de lo bueno, ¿por qué no comenzar ahora? La pregunta no es de quién hay que burlarnos, sino qué haremos para que evitar llegar a eso. ¿Qué proponemos entonces?

miércoles, 18 de marzo de 2015

Fin

Se cierran ciclos tal vez para abrir nuevas puertas. Lo curioso de la vida es ver cómo lo construido a través del tiempo se derrumba en cuestión de instantes, de palabras; haces lo que crees correcto y termina como pretexto para encubrir falsos reproches. Y hay que aguantar.

Llega ese momento en el que dejas de luchar y abandonas la causa porque en ese vaivén no sabes ni dónde quedaste tú. Las despedidas físicas duelen, pero duele más renunciar a las historias.

La distancia no es ausencia, es renuncia. Y estoy pleno de adjetivos como nunca antes; ahora sé que algunas palabras son más cabronas que las acciones. El alfabeto como arma, nunca se me había ocurrido. 

Lo compartido, el ideal y el infinito pleno quedan en pausa; las certezas se desvanecen, te tragas el silencio y te escandaliza el segundero a media noche. Pero hay que agarrarse de lo que sea para recobrar al que solía ser, al que tal vez sin querer se fue perdiendo en el camino por buscar lo que creía justo.

Nunca lo ves venir, ni un poco lo consideras, pero llega ese instante en el que borras dos puntos suspensivos para convertirlo en uno final. La experiencia no es lo que te pasa, sino lo que haces con lo que te pasa: hoy me toca saberlo.

lunes, 2 de marzo de 2015

El autor perdido



Incontables vueltas de las manecillas desde que el insomnio se apoderó de sus pensamientos; la noche se convierte en madrugada y los minutos en horas. Decide levantarse de la cama para implorar a sus letras puestas en un monitor que alguien lo escuche, pues de un tiempo a la fecha el silencio ha sido su único confesor.

Enciende un par de velas, no porque haga suya alguna intención religiosa, sino más bien porque encuentra en esas llamas tímidas un capricho de luz para su existencia; comparte una copa de vino con sus recuerdos y ve consumir lentamente aquel cigarrillo que dibuja una línea de humo en el aire para luego desvanecerse, como él.

Canciones que apenas se escuchan de fondo, la oscuridad imperante y el ritmo vertiginoso de los segundos que avanzan implacables. Algún tiempo atrás, recuerda, solía entregarse a este ejercicio llamado por el impulso y el afán insistente de la necesidad literaria; hoy la cuota ha venido a menos pero ya no se lo reprocha.

“La noche se inventó para distraer a la nostalgia, por eso dormimos”, escribe. Su semblante permanece serio, sin perder de vista el cursor que parpadea más que sus ojos mismos. En su mente los relatos ocurren y se abriga en ellos para apaciguar el frío que somete su cuerpo y su alma. “Los recuerdos pesan más que los insomnios”, continúa con su mar de letras.

Amanece y la luz exterior va dando forma a un nuevo día. La botella de tinto ha quedado vacía, la cajetilla a la mitad y la música se apaga. Una hoja más del calendario cae y un día más de su historia permanece. La sequía de textos se multiplica y en su haber suma otra noche de sueños en pausa. ¿Qué precio tiene la ausencia? ¿Dónde habita la esperanza?

“Escribir es como embriagarse: un instante que puede durar toda la eternidad”.

martes, 27 de enero de 2015

De ausencias y consecuencias



Le llaman duelo pero a mí no me engañan: se trata de ponerle un nombre diplomático a la acción de asesinar las ilusiones que en algún lugar del tiempo fueron compartidas y ahora ya no.

Cuando una relación concluye, sólo hay dos caminos para transitar: el primero, saber que ante la gravedad del tedio mezclado con desconfianza y riña cotidiana, la mejor forma de recobrar un mínimo de tranquilidad es soltar aquello que comenzó como un puente al paraíso y terminó por convertirse en un vuelo directo al inframundo; el segundo, quedarse con las manos llenas de dudas, el semblante perplejo y una sarta de porqués taladrando la cabeza.

Si tu opción fue la primera, cabe una felicitación por atreverte a tomar nuevamente las riendas de tu vida (o lo que quedaba de ella); si fue la segunda, malas noticias, hay que joderse. Pero no todo está perdido. De hecho, existen formas de salir del atolladero para descubrir que tu autoestima, ese ente raro que generalmente paga los platos rotos, puede parcharse, usar muletas, rehabilitarse y volver a andar como si nada hubiera pasado.

Entonces acudes al especialista con tu dignidad quebrada como piñata en posada y te barajea el menú: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Apresurado, eliges lo último como si el resto fueran respuestas de opción múltiple que debes ignorar, pero te llevas el chasco de tu vida: sin pasar por las otras cuatro etapas, imposible llegar al objetivo. Entre curioso y resignado, escuchas con atención la explicación psicológica:

—Al principio no creerás lo que pasó y desearás hacer cosas que comúnmente realizaban juntos, después tendrás enojo, tratarás de recobrar a esa persona, te deprimirás y al final aceptarás lo sucedido —resuena la letanía en tus oídos.

—¿Y no hay forma de arreglarlo más rápido? —insistes, aunque dentro de ti ya sabes la respuesta.

—Desafortunadamente no —confirmas lo que ya sospechabas.

Así, empiezas a ubicarte en tu realidad y estás decidido a convertirte en un ser todo-lo-puedo con el fin de sentirte mejor. Te jactas de tener control absoluto de tus actos y sobredimensionas cualquier mínimo hecho: “llevo un día sin saber de ella y estoy de pie”, presumes con una seguridad asombrosa que se desploma al escuchar el celular y correr para saber si esa persona se acuerda de ti como tú de ella. Del gozo al pozo en cinco segundos.

Finalmente aceptas lo maltrecho del caso y decides entrar en el laberinto. Regresas a casa con receta en mano y la firme convicción de que puedes superarlo, pero ahí va de nuevo la memoria a jugarte la mala pasada: distante, escuchas una canción que te hace recordar; frente a ti, un lugar donde solían compartir momentos; arriba, el anuncio espectacular te restriega en la cara la marca de su perfume favorito. Noticia mala: ahora también tienes episodios de ansiedad y te comes las uñas. Noticia buena: al menos ya te alimentas de algo.

Abres la puerta y de inmediato el golpe de silencio. Invocas a aquel autor francés y a sus palabras que caen como balde de agua fría: ¿de qué sirve pasarse toda la noche huyendo de ti mismo si, al final, consigues darte alcance en tu propia casa? Nostalgia a domicilio, faltaba más. La quietud te incomoda, la oscuridad te espanta, los recuerdos pesan.

Echas un vistazo al espejo para ver si reconoces al tipo ahí reflejado y notas que se ha convertido en un perfecto desconocido: coleccionista de insomnios, ausencia de color en su rostro, ojeras al mérito, falto de ideas y sobrado de realidad. Ese alguien está ausente, distante, distinto; alguien lo cambió, él mismo se cambió.

Abrazado por la incertidumbre, esta vez no dirás nada; dejarás la teatralidad para otro momento y esperarás el amanecer mirando al techo mientras sientes el temblor de tu barbilla a la par de tus ojos que se tornan rojizos. Afuera, el mundo gira; adentro, el abismo emerge. Serás de hierro, lo prometes, aunque no le pones fecha a tu juramento.
                                                                                                                               
Te invade el sentimentalismo y ahora empiezas a comprender la magnitud de lo sucedido. Apostaste por un mundo de verdad y obtuviste un reino de mentiras; así funciona la vida en ocasiones. Sabes que el camino cuesta arriba será largo y complejo pero al final, como reza la canción que has elevado casi al nivel de himno personal, cuando el frío se vaya de tu corazón y todo termine, en silencio irás a dormir.

martes, 23 de diciembre de 2014

Herencia 2014



Desconozco si los ataques de nostalgia sean universales en estas fechas o sólo se trate de una condición personal que asumo sin resistencia alguna; como sea, el calendario tiene la culpa de verme aquí nuevamente tratando de resumir en breve espacio lo que ocupó una docena de meses, lo cual resulta un ejercicio complejo aunque no por ello se le reste honestidad al asunto.

En el recuento que a estas alturas se hace inevitable, como alguna vez lo dije, existen detalles que escapan a la memoria si de hablar de 365 días se trata, sin embargo, me parece pertinente decir que sigo aquí, con la esperanzan de muchas cosas y las consecuencias de otras tantas. Tengo, pues, un saldo positivo a pesar de todo, lo necesario para subsistir y lo fundamental para mantener algunos sueños vigentes.

Viajé con una maleta y aprendí a aligerar las cargas personales; vacié cajones y llené un poco más el alma; confirmé que los kilómetros ya son parte inherente a mi persona y llegué a ese punto donde me di cuenta de que corro menos pero disfruto más; supe que los paisajes también son desahogo y promesas; tuve para bien sumar personas y restar historias; analicé menos y sentí más; desempolvé la fe que el olvido tenía secuestrada; escribí de madrugada y dormí de día. Viví.

Hoy más que nunca tengo ganas de no voltear hacia atrás y convencerme de que al frente el asunto se torna más interesante. Falta mucho por aprender y compartir, no cabe duda, pero en ese mantenerme aparecerá el momento justo para saber que todo habrá valido la pena. Lecciones quedan varias; deseos, aún más.   

Ya lo decía aquel autor francés en sus letras: “Hay que rechazar lo tópico, lo cual no significa inventarse sobresaltos artificiales y estúpidos, sino saber sorprenderse ante el milagro de cada día”. Ojalá que el siguiente año transite por ese rumbo y resulte mejor que el hoy agonizante. Gracias a quienes son parte de mi vida.

lunes, 20 de octubre de 2014

Sólo hazlo



Es la mañana del 17 de enero de 1977. El lugar, una fábrica de conservas en Utah, será testigo del final de una historia en manos de un pelotón de fusilamiento. Al llegar, el hombre sentenciado muestra serenidad en su rostro y el protocolo inicia: su lugar en la silla provista de correas para sujetar sus manos, el parche de tela con una diana puesta a la altura del corazón, su rostro cubierto por una capucha negra, el capellán pronunciando una oración y algunas personas que presenciarán el acto. Todo está listo. En el ambiente se respira una tensión casi insoportable cuando llega la hora y un hombre, luego de leer la sentencia, pregunta al condenado si tiene algo que decir. “Let’s do it”, responde él. Así terminó su vida y comenzó su legado.

Gary Gilmore fue un hombre que desde pequeño mostró fascinación por la vida de bandidos famosos y en la adolescencia fue encarcelado en repetidas ocasiones por diversos robos. Durante su estadía tras las rejas se fabricó una imagen de tipo duro y, aunque logró sobrevivir en ese mundo, fue forzado a ingerir varias veces un potente sedante tras haber participado en un motín. Tiempo después se interesó por el arte y la lectura, y a pesar de haber obtenido su libertad, mantuvo ese ideal de llegar a ser un legendario atracador.

Pero la gota que derramó el vaso llegó cuando mató al empleado de una gasolinera luego de haberle robado y al día siguiente también acabó con la vida del encargado de un motel. Tras haber sido detenido y enjuiciado, él mismo eligió la forma para morir y a pesar de que los abogados apelaron la sentencia, Gilmore contrató a otro (que también era escritor) para retirar el recurso, lo cual le valdría apresurar su ejecución, y además le pidió relatar su historia.

El caso generó gran expectación, ya que con él se abría nuevamente el debate sobre la pena de muerte luego de una década de no llevarse a cabo. Así pues, su fama comenzó a tomar forma, incluso le valió aparecer en Playboy con una entrevista  reseñada en portada y también le dio renombre a Norman Mailer, escritor que plasmó su historia en páginas que le valieron el Premio Pulitzer en 1980.

Pero la fama no paró ahí. Tras haber dado su último aliento, y seguramente sin quererlo, Gilmore inspiró a los creativos de la agencia de publicidad Wieden & Keneddy, quienes en 1988 le dieron un pequeño giro a sus últimas palabras y pasaron del “Let’s do it” al “Just do it”, convirtiéndolas en una de las frases más importantes en los años 80. Incluso uno de los cofundadores de la agencia reconoció el vínculo de aquellas palabras en boca del sentenciado con el eslogan que abanderaba la fama de los tenis deportivos.

Se trataba de tocar el inconsciente colectivo con un mensaje breve pero directo, sencillo de forma pero poderoso de fondo, y el cálculo no falló. Tres simples palabras sellaron el destino de un hombre y de una marca. Ambos, con años de distancia y en contextos desiguales, viven ahora en la mente de muchas personas. A veces la fama es así: va de una fábrica de conservas a los aparadores de tiendas en todo el mundo; de un acto marcado por la justicia a premios publicitarios. Al final de la historia, como lo escribe Servando Rocha, se trata de una autenticidad a prueba de balas.

Mayo

Te escribo desde la trinchera del silencio, aquí donde el recuento de los daños pasa factura a punta de recuerdos, nostalgias y preguntas ...