martes, 16 de julio de 2013

Creí que eras infinita (diez meses después)



Llegaste cuando menos lo esperaba; dicen que a eso se le llama destino. Incesante, tu voz permaneció intacta durante el tiempo necesario para darme cuenta de que librarme de ella no era asunto del cual estuviera convencido, sino todo lo contrario. El resto de la historia, como suele suceder en estos casos, carece de explicación y fue el tiempo quien se encargó de poner los argumentos necesarios para estar juntos.

Conocí tu vida, tus miedos y tus esperanzas. La rutina perdió el sentido, nos burlamos de la distancia, los minutos eran ágiles y a las utopías les hicimos perder la razón. Nos devolvimos sonrisas clausuradas por añejos detalles personales y nos convencimos de que el calendario sería nuestro aliado. La felicidad —como lo aseguraba Beigbeder— existía y era muy simple: consistía en un rostro. “¿Para qué reflexionar cuando uno es feliz?”, escribió. 

Entonces arriesgamos lo que nuestra historia merecía. Conjugamos mundos y en silencio nos dijimos tantas cosas, que la eternidad parecía cercana; soñamos con los ojos abiertos y nada parecía imposible. Pero bastaron unos días para saber que la realidad era más contundente, que construíamos castillos de arena frente a la marea que estaba próxima. La prueba del tiempo y la distancia nos ganó la partida.

Hoy resulta que ya no resulta nada. Que a los momentos de ayer los invadió el olvido y que la memoria ya es un ejercicio vano; que nuestra complicidad se convirtió en equivocación y que el camino compartido hoy debo continuarlo solo. ¿Dónde quedaron los argumentos para luchar por aquello que creíamos correcto? ¿En qué lugar del tiempo las palabras silenciaron sus promesas?

No nos dimos cuenta, pero la eternidad que solíamos ver juntos tenía fecha de caducidad. Hoy, el silencio tiene raíces y la esperanza agotó sus pulsaciones; los minutos ágiles congelaron su marcha y el insomnio se ha vuelto una costumbre absurda. Entregamos todo y a cambio obtuvimos nada. Justificaciones hay muchas, pero ninguna convincente para derrotarnos como lo hacemos ahora. “Lo siento”, me dijiste, y ante la contundencia de ese par de palabras, mi voluntad no pudo defenderse más. Me queda ser fugitivo de aquello que fuimos.

¿Dónde encuentro la resignación necesaria entonces? ¿Cómo se supone que debo olvidar tu nombre? ¿Qué haré con septiembre en mis manos? ¿Cuándo llegará el olvido? Quedan las palabras en vilo, el beso en pausa, la promesa de tu cuerpo, el desánimo de la despedida, el adiós perpetuo. Simplemente creí que eras infinita; sencillamente me equivoqué. Hoy sólo me quedo con tu recuerdo, tú quédate con lo que quieras de esta historia.

lunes, 1 de julio de 2013

Lugar de ranas



Con estricta puntualidad y cubierto por el sol de mediodía, cuatro horas y media después de abordar el autobús puse fin a aquella veda acumulada desde hace 11 años que me recordaba constantemente que debía regresar a este mágico lugar. Desde la terminal, un taxi me lleva a través de túneles y calles subterráneas al sitio donde mi estancia durante tres días está confirmada. El aire colonial empieza a invadir mis sentidos.

El primer recorrido por la ciudad me regala instantes de museos, minas y paisajes. Invadido por el asombro, cada imagen y explicación me confirman por qué este sitio tiene bien ganada su fama internacional. Desde la historia de Doña Constanza y Don Fulgencio en La Casa de los Lamentos, el calor húmedo en las entrañas de la tierra, la imponente vista desde el mirador y hasta la misteriosa quietud de las momias, todo comienza a convertirse en una experiencia única. Camino abajo, regreso al punto de origen con una bolsa repleta de charamuscas, el primer recuerdo que irá de vuelta a casa.

Más tarde, entre callejones y luces de faroles cae la noche. El trazo urbano vestido por fachadas de antiguas edificaciones nos invita a navegar a través de sus leyendas en compañía de la estudiantina que al finalizar su recorrido musical cuenta la de Doña Carmen y Don Luis, los enamorados que dieron vida al Callejón del Beso, lugar característico en la ciudad que significa una parada obligatoria para todo visitante.

El día dos trae consigo un tour por tres lugares emblemáticos del estado, pero antes una parada en Santa Rosa donde conozco más a fondo al personaje que nos ha regalado noches de bohemia a más de uno. “Allí nomás tras lomita se ve Dolores Hidalgo, yo allí me quedo paisanos, ahí es mi pueblo adorado”, cantaba José Alfredo y cuyas palabras se reproducían en voz del guía que nos señalaba aquella loma a la que se refería el autor ranchero. Y más tarde, ya en el citado lugar, la tumba cubierta por un gran sombrero y un enorme zarape multicolor que contiene gran parte del repertorio musical del compositor nos hizo ver el cariño que su pueblo le sigue otorgando.

El resto del día dejó huella especial en la memoria: desde la imaginación que recreaba la arenga de Hidalgo en la iglesia de Dolores hacia la gente que daría inicio a la revuelta independentista, los helados de mole, chicharrón y camarones con pulpo y nopal que marcaron como nunca el paladar, la iglesia de Atotonilco donde el cura tomó el estandarte de la virgen para convertirlo en bandera, hasta el imponente templo de San Miguel de Allende, habían sido material de lujo para la lente fotográfica, pero sobre todo para el invaluable anecdotario personal que ofrecen estas visitas.

Hasta entonces creí haberlo visto todo, por fortuna estaba equivocado. La última tarde de mi estancia, el Cerro del Cubilete nos dio la bienvenida y su Cristo de la montaña, imponente, nos cubría con una dosis de fe envuelta en un paisaje extraordinario, verde y montañoso por un lado, y lluvioso pintado con arcoíris por el otro. Ya para clausurar mi visita, el día tres por la mañana, y tal vez en el entendido de ser el broche de oro, la Alhóndiga de Granaditas ofrecía el marco perfecto para saber más de uno de los pasajes fundamentales de la historia nacional. En sus paredes, quizá como en ningún otro sitio, es posible palpar las huellas de aquella batalla donde una importante página fue escrita a favor de la lucha insurgente. Imposible dejar de caminar en sus pasillos y habitaciones.


¿Y qué más hay de extraordinario en esta ciudad? Absolutamente todo, diría yo. No existe rincón alguno que carezca de historia o gastronomía que no conceda lujo al gusto de las personas. Desde el Teatro Juárez hasta la Plazuela del Baratillo, desde el Monumento al Pípila hasta la Universidad o el Mercado Hidalgo y la Plaza de la Paz, nada debe dejarse al olvido de regreso a casa.

Ahora la promesa es la misma de hace 11 años, con la esperanza de que no deba esperar tanto tiempo para caminar nuevamente por estos callejones. La cita está hecha y mis pasos ansían desde ya volver a posarse sobre los adoquines estrechos. Una ligera lluvia me despide y a través de túneles oscuros el retorno es inminente. La salida es puntual y el autobús está en marcha. Guanajuato queda atrás y entonces resumo algún mensaje con solo una palabra: regresaré.


miércoles, 10 de abril de 2013

La psicología de una muela descompuesta



Sabes que estás jodido cuando visitas al dentista y acaba haciéndola de psicólogo al insinuar que la solución a tu malestar va más allá de taladros y jeringas; cuando te dice que, por más que le busca, su diagnóstico le indica una situación donde tu muela no es un foco rojo de tu boca, sino de tu cabeza. Entonces el asunto se va al carajo. Aquel cómodo sillón donde estás recostado se convierte en un diván y las mariposas de plástico que reposan como adornos en la lámpara junto a la plaga de ranas de barro de la cual es fan la doctora empiezan a tomar tintes de fantasmas pasados y presentes. Para encontrar un porqué, da inicio la letanía de preguntas.

— ¿Estás estresado, ansioso, duermes bien? —lanza su primer dardo.
— Todo bien, doctora —respondo mientras veo mi nariz rezando para que no crezca más.
— Porque tu muela no se ve tan dañada como para representar el dolor que me dices.
— Bueno, quizás una mala costumbre de años atrás: rechinar los dientes en las noches mientras dormía, incluso le espantaba el sueño a mi hermano y decía que me iba a comprar un protector bucal de los que usan los jugadores de futbol americano.

Mi comentario, aunque cierto, no pareció hacerle gracia alguna. Sabe que mi muela me delata frente a lo que la cotidianidad última me ha regalado y ahora me dicta un breve discurso acerca de cómo me vería en unos años si continúo por el mismo rumbo: me habla de estrés, corajes, preocupaciones, hipertensión, neurosis y las consecuencias de sustancias con nombres raros que el organismo produce ante tales situaciones, mismas que me llevarían a un caos personal a mis poco más de tres décadas de vida. Esto ya no empieza a gustarme.

— Te recomiendo que practiques deporte, eso te hará bien —sugiere.
— ¡Vaya! Estoy a punto de un ultramaratón y me pide hacer deporte, ¿qué más quiere? —lo pienso, pero no se lo digo.

Le comento que le doy bien y bonito a la corredera, que mi bicicleta ya tiene tras de sí una alta cuota de kilómetros, que me ensucio los tenis en las montañas y me he gastado cantidad de suelas en pro del deporte. Entonces va más allá y propone llevármela leve o empezar a considerar una terapia que tranquilice mis neuronas y asesine la carga emocional que poseo en mi cabeza. Quiero salir corriendo pero es demasiado tarde, pues el cubrebocas está en su rostro, la luz sobre mi cara y el primer aparato de tortura en sus manos.

El taladro se enciende y su incesante ruido no deja de escucharse en mi boca durante algunos minutos. Nada más espantoso que sentir ese aparato carcomiendo tu muela; los segundos se vuelven horas y la penitencia dictada por un sacerdote debido al montón de pecados es nada comparado con esto. De fondo, la música clásica hace más llevadera mi agonía, sin embargo, eso no impide que me sobren ganas de agarrar a mordidas la barra metálica cuya broca altera mi tranquilidad física y mental, pero me abstengo para no salpicar de sangre aquel bonito lugar; sería una pena ver manchado de rojo el piso de mármol y las paredes caoba de ese consultorio.

— Tú me dices si sientes dolor, quiero saber hasta dónde se encuentra la parte dañada, si no, para ponerte anestesia —dice la doctora.
— Ajá —asiento con la cabeza ante la veda de palabras producida por mi amigo el taladro.
— ¿Te duele?
— Na.
— ¿Duele?
— Na.
— Listo, puedes enjuagarte.

Y es justo en ese instante cuando encuentro el motivo por el cual juré alguna vez no regresar con un dentista: mi lengua, instintivamente, busca el lugar de la tragedia y sólo atina a encontrar un agujero ensangrentado. Vuelvo a recostarme en espera de lo que sea —¿puede haber algo peor?— y la doctora, asombrada, me dice que mi tolerancia al dolor es demasiada, que en otros casos, por menos de eso, un piquete anestesiante es necesario para no escuchar lamentos lacerantes peores que los de la Llorona. Bueno, al menos ya encontré un lado positivo a tantas friegas que me preparan para correr maratones. Quizás los entrenamientos, más que inventarse para soportar dolor físico, están hechos para aguantar este tipo de situaciones, uno nunca sabe.

Terminan así los 30 minutos más largos de mi vida, por ahora. Regreso a casa con la muela rebanada y la valentía por los suelos. Pienso un poco en los consejos de la doctora y me doy cuenta de que no hay que analizar demasiado, pues sus palabras están llenas de razón. A veces el micromundo que habita en nuestra mente es tan ilógico como aprehensivo, que no atinamos a aceptar la realidad tal cual y es ahí donde uno se da de topes contra la pared.

Los estragos de la turbulencia diaria empiezan a hacer mella en mi persona y por ahora sólo pretendo llegar de pie al 27 de abril, después ya veremos. Me pregunto hasta dónde el dolor es racionalmente tolerable y hasta dónde ya se hace parte de uno mismo, del cuerpo y de la mente. Puedo ponerle muchos nombres: miedo, ansiedad, frustración… pero también valga decir que todo ese montón de horribles palabras no son síntomas, sino decisiones.

Acepto, pues, mi grado de vulnerabilidad que hoy día todavía no tiene fecha de caducidad. Los malestares no se resignan a escapar de mi persona y yo, como todo un cabrón bien hecho, hasta les abro la puerta y les invito una copa. Ayer fue la muela, hoy es la rodilla y cada noche es el insomnio, ¿apoco no está espléndido mi coctel de achaques? Pero al menos ya regresé a escribir, creo que es buen síntoma de mejoría. Dicen que no hay un mal que dure 100 años ni idiota que lo soporte, ¿será?

miércoles, 7 de noviembre de 2012

It's late



Por el puro gusto de escuchar aproximadamente 100 veces una canción, he llegado a convencerme que "It's late" (original de Queen, pero magistralmente interpretada por John Bush y Scott Ian, de Anthrax) está hecha justo a la medida de este sujeto que ahora escribe.

Son de esas pedradas musicales que uno acepta a altos decibeles retumbándole en los oídos mientras la memoria apunta a cierta persona que, dicho sea de paso, le sacude a uno las neuronas de fea forma. Como sea, Brian May se voló la barda al componer semejante rola y ahora, 35 años después de su nacimiento, alguien la reproduce interminablemente.

Son de esas historias que en 6:17 resumen aquello que a veces quieres gritar a todo pulmón aunque los vecinos te odien por quebrantarles su tranquilidad unos instantes, pero créanme, en verdad lo vale. Y si por mera curiosidad buscan la letra de la susodicha canción para revelar lo que a este tipo le pasa por la cabeza, sólo les pido un gran favor: súbanle al volumen hasta que las bocinas imploren piedad, de lo contrario no surtirá efecto.

Finalmente, y a manera de confesión, acepto mis debilidades respecto al tema, pero como decía mi hermano al verme despertar los domingos a las 5 de la mañana para ir a correr: ¡Qué necesidad! Bueno, ya, no presumo demasiado de ello, vayan a pensar que estoy más loco de lo que aparento.

En fin, si alguien la ve (que no creo), la conoce (lo cual dudo demasiado) o sabe de ella (igualmente imposible), díganle que en este universo atiborrado de planetas, estrellas, constelaciones, astros, basura espacial y demás artilugios de uso cotidiano, existe un loco que corre que la quiere bien y lo demás es lo de menos.

¡Pero lo olvidaba! Y aquí es donde nuevamente entra en escena la mentada pero extraoridania rola: It's late, it's late, it's late, it's late, it's late, it's late, it's late... ¡Ooooh, so too late!

NOTA: para plasmar esta sincera verborrea, no fue necesaria una jarra de cebada ni cinco litros de pulque, rompope, ron, tequila, tepache o cualquier bebida espirituosa que hiciera dudar de mi cordura (elemento que, desde luego, no existe en mi persona). Todo se lo debo a una persona que me fomenta la locura y a pesar de la distancia, el tiempo y las historias, habita en mi mente sin saber por qué.

Eso sí, de lo único que me congratulo es del marcador hasta ahora: Alejandro 1-0 Psicología. ¡Freud, no eres invencible! Y vámonos porque faltan otras 100 veces por escuchar la canción (lo que hacen ocho letras)...

martes, 14 de agosto de 2012

Kilómetros de montaña y aventura


Cinco de la mañana y la lluvia no cesaba. “¿Así vamos a correr en la montaña?”, pensé. Entonces dimensioné el tamaño del reto que venía: si el Maratón Rover tiene su fama bien ganada, debe ser por algo. ¡Órale, menos quejas y más actitud! ¡Vamos por esos 42 kilómetros!

Armado con camelbak, cinturón de hidratación, un par de geles y popotes con miel, salí de casa y en el camino al arranque empezó el desfile de dudas en mi mente: ¿me habrá faltado entrenamiento?, ¿cómo nos tratará el clima?, ¿y si me caigo en un charco y no sé nadar?, ¿habrá quesadillas en el puesto de abastecimiento de Tres Marías?, ¿y si me pierdo y acabo en La Marquesa? ¿existirá la Bruja de Blair en esos bosques?, ¿cuántas ampollas sumaré a mi colección? ¡Al diablo con todo! Mejor corramos y disfrutemos, el resto no importa.

Uno a uno fuimos llegando, nos saludamos, tomamos la foto de rigor y nos agrupamos en la salida. Se anunció el arranque y comenzaba la aventura. En medio de la oscuridad, nuestros pasos cimbraron el asfalto para después dar cabida a la sobredosis de montaña que nos esperaba.

Nos internamos en la lluvia y la neblina los primeros kilómetros. Cuesta arriba, el entorno por momentos tomaba tintes fantasmagóricos pero espectaculares. Cobijados por el frío, en la quietud de la montaña nuestros pasos no se detenían y presumían fortaleza para seguir adelante.

La primera escala, el Arco de Piedra, me era familiar y disfruté mucho a su llegada, pues en repetidas ocasiones había estado en ese territorio vía ciclopista. Ahí me detuve un instante, respiré el paisaje, me hidraté y continué. Esto apenas comenzaba y las pulsaciones, al igual que la altimetría, iban cada vez más en aumento.

Poco a poco nos alejamos de la ciudad y a través de serpenteantes veredas el trayecto marcado nos invitaba a disfrutar su ruta. Caminábamos y trotábamos, no más, porque había que dosificar el esfuerzo. Alrededor nuestro, el pasto dejaba ver la escarcha en sus puntas, consecuencia de la baja temperatura que nos envolvía; la respiración se agitaba y una larga fila de corredores se dejaba ver a lo largo del sendero.

A continuación, los Llanos del Pelado inundaron mis pupilas con una extraordinaria postal: verde por doquiera acompañado de un cielo azul fantástico. Palabras me faltan para describir ese momento que todavía recreo en mi mente. Pero llegó el cerro del mismo nombre y entonces sí, el aliento casi se me esfuma por el esfuerzo que representó acabar con esa subida que nos llevó al kilómetro 18.  Habíamos conquistado la cima, ahora venía la bajada.

Con las piernas más sueltas, incrementé un poco el ritmo, aunque después bajé nuevamente la intensidad ante el desnivel del terreno y sus piedras esparcidas a lo largo y ancho del camino. En algunos tramos nos abrimos paso entre la hierba y algunos troncos atravesados en la ruta; hasta ese punto la carrera se tornaba muy interesante. Mejor, imposible.

Más adelante, en Fierro del Toro, un grupo de personas alentaba a los corredores en ese poblado pintoresco mientras yo ya estaba “entonado” de kilometraje para seguir moviendo las piernas. No había dolor, tampoco cansancio; iba a todo dar y feliz cual si fuera niño en día de campo.

Cinco kilómetros después, en Tres Marías, el momento fue muy especial: escuché un par de gritos con mi nombre diciendo “¡vas bien, vas bien!”. Eran los amigos de entrenamientos, de carreras, de experiencias compartidas. Entonces mi energía recobró su forma y no hubo pared alguna que me detuviera. Crucé la carretera, me interné nuevamente en la montaña y a través de senderos estrechos corrí el resto de la competencia entre humedad y piedras.

Brinqué charcos, me caí, me levanté, recordé, soñé, canté, grité, llené los tenis de lodo, fui más allá de mis límites y me ilusioné. Cuando corres un maratón, y particularmente en montaña, llega un momento en que el asunto se vuelve más mental y espiritual que físico. Algunos dicen que es una locura, pero bien vale la pena olvidar la cordura en casa por algunas horas para experimentar ciertos desafíos; hay que ponerle sabor a la vida.

“¡Una vuelta a Cuemanco y llegamos!”, escuché decir a un amigo: sólo cinco kilómetros nos separaban de la meta. Vi así los últimos senderos boscosos, la tierra mojada, la hierba esparcida y los caminos que se ampliaban y estrechaban en cuestión de metros.

Y cuando el cronómetro sumaba seis horas, apareció el Estadio Centenario; faltaba únicamente una vuelta a la pista para cumplir el reto. Entonces vi cercana la meta, esos metros finales donde corres tan fuerte como puedes, esos segundos que quisieras fueran eternos, esa sensación única e inexplicable. Porque cada maratón es diferente aunque la distancia sea la misma; es una batalla ganada a ti mismo, porque detrás de ese instante hay cientos de horas de entrenamiento, alegrías y sacrificios. Al final, sabes que todo valió la pena.

Mis amigos ya esperaban con su grito de aliento, el abrazo de felicitación, la sonrisa contagiosa, una cerveza para celebrar y las dos palabras que ansías escuchar desde el inicio de la carrera: “lo lograste”.

lunes, 7 de mayo de 2012

Debate digno del olvido

Ayer, en punto de las 8 de la noche, el televisor fue centro de atención para millones de mexicanos que esperábamos ver un show bastante interesante. Y aunque yo pronosticaba un debate decepcionante, donde el ataque estaría por encima de las propuestas, decidí plantarme en el sillón y comportarme como el ciudadano ávido de respuestas para un país que tambalea en diversos ámbitos sociales. 

El programa dio inicio y la primera sorpresa apareció ante nuestros ojos: una edecán cuyo prominente escote daba cuenta del espectáculo que a continuación tendría cabida frente a las cámaras. Detalle fuera de lugar, desde luego. ¿Una playmate en un evento donde se confrontarían ideas entre candidatos a la presidencia? ¿Quién tuvo la brillante idea de ponerla ahí? ¿Aquel lugar era un salón para debatir o un centro de espectáculos para adultos? Como sea, la chica y sus medidas se robaron la noche y, lamentablemente, para muchos esos 30 segundos fueron lo más rescatable de aquellas dos horas en televisión. 

Después, bastaron sólo 60 minutos para conocer el lavadero más caro del país, pues los dimes y diretes fueron el hazme reír de la noche, con personajes que ni Bram Stoker hubiera soñado en sus mejores momentos de gloria para escribir cuentos de terror. De la nada aparecieron nombres como Santa Ana, Montiel, Salinas, Paulette y Bejarano; entraron en escena fotografías y supuestos datos que echaban tierra al adversario; uno de ellos, a falta de propuestas, se dedicó a dar clases de historia; otros más, aferrados a preguntas sin respuestas, se atacaban como párvulos; y uno, sólo uno, tomó su papel más o menos en serio (aunque ni con eso le alcanzará en las urnas). 

¿Y cuál es la moraleja entonces? Que México no necesita ni merece espectáculos de semejantes dimensiones, pues algo que en el papel tenía tintes de seriedad terminó por convertirse en una caricatura. Las ideas brillaron por su ausencia y, al menos yo, no veo un candidato digno de confianza. Mi voto continúa instalado en el limbo y la pregunta ahora es quién es el menos peor. Anoche ganó la edecán y perdió México; ganaron los ataques y perdieron las propuestas; ganaron las burlas y perdió la seriedad. ¿Y para eso tanto pleito de que si se transmitía el debate o el futbol?

Desafortunadamente seguimos en las mismas, sin rumbo claro y con discursos huecos, carentes de sentido. Limitarnos a elegir entre cuatro propuestas (por llamarles de alguna manera) es absurdo y nada viable, pero es el precio de la “democracia”. El 1 de julio veremos el desenlace de este show, pero no auguro algo digno de celebrar. Y como lo dije algunas vez y hoy lo repito, quizás la respuesta no esté enfundada en traje y corbata, sino en cada uno de nosotros como ciudadanos; hagamos, pues, que esta premisa se convierta en realidad.

Mayo

Te escribo desde la trinchera del silencio, aquí donde el recuento de los daños pasa factura a punta de recuerdos, nostalgias y preguntas ...