viernes, 12 de agosto de 2011

Capítulo 8. Semblanza maratónica

(Escrito el lunes 13 de septiembre de 2010)

Aquella mañana tenía un cúmulo de pretextos para no cumplir el objetivo: cansancio, dolor, posibles calambres, una pared, eventual deshidratación y agonía. Sin embargo, en mi mente me había tatuado cuatro letras y, a pesar de cualquier circunstancia, estaba convencido de que las vería llegar para levantar los brazos hacia ellas… porque de ahí al cielo sólo existe un paso.

El termómetro estaba a la baja, pero el grupo contagiaba una enorme vibra que hacía olvidar los escasos grados centígrados en el ambiente. Entonces un disparo al aire encendió mis sentidos; le puse play a mis piernas y el Ipod empezó a correr. La ansiedad en el cronómetro poco a poco se liberó para dar paso a una experiencia extraordinaria, mientras la vialidad se veía invadida únicamente por miles de piernas en busca del mismo fin.

El sabor del kilómetro uno fue muy especial, pues me hizo recordar mis inicios en este deporte y ahora, en mi primer maratón, la idea de verlo multiplicado por 42 era un sueño al alcance de mis piernas. Me armé de paciencia, mantuve un ritmo tranquilo pero constante y no solté las pulsaciones porque sabía que más tarde me harían falta. Avanzamos e invadimos el asfalto de una ciudad que abría los ojos en un domingo nublado. Las calles se tornaron diferentes: rostros familiares con gritos de apoyo, pancartas con letras llenas de vitalidad, manos extendidas que contagiaban energía, y un mar de metros que invitaban al mayor de nuestros retos. Puentes, avenidas y cruceros serían testigos del esfuerzo, la esperanza y la gloria.

Playeras y caras conocidas devoraban el trayecto. Se trataba de compañeros corredores con quienes los entrenamientos se convirtieron, más que en simples sesiones, en verdaderos momentos de aprendizaje. Estando ahí, compartiendo el mismo circuito, supe que todo había valido la pena y el triunfo sería uno mismo, más allá del tiempo final o las circunstancias individuales. “¡Vamos equipo!”, se convirtió entonces en una frase cuyos alcances sobrepasan cualquier obstáculo.

Así vi pasar los kilómetros mientras recordaba mis experiencias previas: mi primera carrera de 10, mi debut en medio maratón, mi marca en 26, pero cuando apareció el número 34 sabía que todo podía pasar. “Bienvenido a tu nueva experiencia”, me dije, pues nunca había dado un paso más allá de ese número, ni siquiera en entrenamientos. No había vuelta atrás. Me concentré, subí el volumen a la música y estaba dispuesto a apoderarme de los metros restantes. Kilómetro 36: un niño y una niña, ambos de aproximadamente seis años de edad, ayudaban emocionados a repartir bolsas con agua. Me acerqué y él me extendió su mano; me regaló líquido y al recibirlo sentí una extraordinaria vibra que me inyectó energía para continuar. Uno a uno vi caer los números y cuando arribé al 37 mis piernas querían entrar en conflicto con mi mente, pero ésta última ganó la partida. El 42 supo a gloria y algunos pasos adelante mis latidos se escuchaban más fuerte que el ambiente alrededor mío. El alfabeto resulta escaso para describir ese preciso momento…

Algunas personas dicen que antes de morir se presenta, en cuestión de segundos, un flash-back de momentos especiales en su vida. Ayer me sucedió lo mismo, pero en poco más de cuatro horas y, aunque mi corazón no se detuvo, comprendí que en circunstancias difíciles los recuerdos y todo cuanto ha sido parte de nuestra existencia pasada (bueno o malo) nos fortalece y acudimos a ello para seguir adelante. Así es el maratón: una dosis de preparación física mezclada con grandes cantidades de voluntad.

Las cuatro letras tatuadas en mi mente habían llegado; estaba justo bajo sus pies y en ese momento, cuando vi hacia arriba, levanté los brazos hacia ellas para no bajarlos nunca más. El objetivo se había cumplido.

¿Conocen una palabra que sea sinónimo de sueño hecho realidad? Yo sí, y se llama META.

viernes, 5 de agosto de 2011

Capítulo 7. ¿Por qué un maratón?

(Escrito el jueves 12 de agosto de 2010)

Esta historia comenzó el 1 de octubre de 2006. Aquel domingo, cuando las manecillas estaban a punto de las 8 horas, supe que existía un lugar llamado Circuito Gandhi donde participaría en mi primera competencia de 5 kilómetros. Enfundado en una playera anaranjada, pants azul y tenis blancos, me sumergí en el asfalto y 27 minutos después el objetivo se había consumado. Y lo confieso: esa misma tarde juré nunca más volver a correr, pues me dolía hasta la escasa voluntad que me sobró siquiera para mover un dedo.

El día siguiente fue crucial: por la mañana, y todavía con la cruda deportiva en cada centímetro de mis piernas, visité la página web donde se almacenaban mis resultados y fotografías. Los instantes que a continuación sucedieron fueron sin duda los responsables de mi continuidad en estas andanzas: la impresora se encargó de materializar mi certificado que presumí a cuanto familiar cruzaba por la sala de mi casa, mi lugar 87 en el evento simplemente me supo a gloria, y la medalla sustituyó al diploma de la primaria en la pared. Entonces advertí una extraña sensación de instalarme nuevamente dentro de mis tenis para regresar a las pistas…

Probé otros 5 K nocturnos y luego di el salto a 10 K. Pero lo mejor estaba por venir: conocí a algunos amigos con quienes tuve la oportunidad de compartir carreras e incluso momentos más allá de ellas, y descubrí que no se trataba sólo de poner los pies en marcha, sino de transformar esos instantes en experiencias almacenadas hoy día en un lugar especial de la memoria. Después llegó el reto del medio maratón, el ascenso en la Torre Mayor y el Tune-Up 26 K, pero siempre acompañado por personas que me apoyaban lo mismo con su compañía que con una llamada o mensaje telefónico (responsables al respecto existen muchos y quienes se saben parte de esta historia seguramente acaban de expulsar una sonrisa de sus labios).

También fui testigo, a través de varios corredores, del poder que tiene la voluntad para hacer frente a distintas adversidades, pues una enfermedad, discapacidad o detalles que muchos ven como negativos, otros los convierten en un reto para demostrar al mundo, pero sobre todo a sí mismos, que la palabra “límite” es apenas una referencia en el diccionario. “Correr por la vida es lo que hacemos a diario”, escribí un día, y más de una vez he sido testigo de ello. El próximo 12 de septiembre será mi turno de comprobarlo.

Si hace cuatro años alguien me hubiera dicho que estaría inscrito en un maratón, si duda hubiese dudado de su cordura y estabilidad mental, sin embargo, el que hoy parece estar carente de dichas cualidades es quien escribe las presentes líneas. Pero no importa. He leído que más de uno suele llamar “loco” a quienes corren cualquier distancia y, si nos referimos a 42 kilómetros, entonces creo tener asegurada mi membresía en algún manicomio. Hoy diré que mi estrategia no es dejar atrás a otros corredores, tampoco ganarle al cronómetro, sino vencerme a mí mismo y exorcizar mis propios límites.

Así pues, mi siguiente reto está a la vista y hoy, a un mes de correr mi primer maratón, siento los mismos nervios y emoción que cuando hice mis primeros 5 kilómetros. Las circunstancias actuales son distintas, pero muchas personas que me han inspirado siguen conmigo y sé que estarán ahí, física o mentalmente, cuando llegue a la meta… porque esto también es por ustedes.

viernes, 29 de julio de 2011

Capítulo 6. Buenas influencias

Es muy sencillo: sin las incontables personas que han estado a mi alrededor durante estos casi cinco años de historia deportiva, mis números serían una irrisoria estadística. Recuerdo, por ejemplo, las palabras a través de una llamada telefónica antes de partir a una carrera fuera del DF y los mensajes recibidos en un autobús a mitad de la noche; un primer entrenamiento en CU con amigos que se conocieron por Internet y la oscuridad de Viveros que nos dio la bienvenida a un nuevo grupo.

Todos somos diferentes, pero nos une la misma idea. No importa la distancia, tampoco los tiempos, la edad o el color de la playera. Hay trotadores y también ultramaratonistas; existen triatletas y quienes conquistan interminables senderos en las montañas, y otros más cuyo antídoto corredor les valió para vencer enfermedades o discapacidades. De cada uno de ellos tengo pequeñas dosis de aprendizaje que, por fortuna, son acumulables a través del tiempo.

Hoy muchos siguen aquí, paso a paso conquistando nuevos objetivos, con disciplina, esfuerzo y haciendo caso omiso del reloj y el calendario. Algunos han partido ya, pero en mi mente aún se repite el eco de sus palabras que me inyectaron motivación imposible de encontrar en otro lugar.

Cuando corría solo los kilómetros pesaban más, los circuitos se tornaban aburridos y solía callar de un golpe al despertador para volver a cerrar los ojos. Hoy me sucede todo lo contrario y los números del cronómetro lo avalan. La motivación es distinta y más allá de las pistas existe otra razón para seguir adelante.

Una mañana, luego de 10 kilómetros en el Desierto de los Leones, me preguntaba cómo hacían los que corren un maratón. No imaginaba semejante distancia acumulada en las piernas de alguien, con todo lo que ello implica; había escuchado y leído historias ajenas y, por convencimiento de amigos a los que consideraba locos, estaba a punto de encontrar la respuesta por cuenta propia.

viernes, 22 de julio de 2011

Capítulo 5. Periférico Sur, 7 am

El periférico de la Ciudad de México es una miscelánea de acontecimientos. En él podemos encontrar tráfico vehicular, vendedores ambulantes en los carriles centrales, inundaciones, camiones cuyo exceso de estatura les impide pasar debajo de algún puente, manifestaciones y hasta corredores que se apoderan de su asfalto una vez al año.

Yo me enteré del kilométrico recorrido deportivo gracias a un amigo, quien tenía en su haber varios medios maratones celebrados en el mes de junio y me platicaba sus legendarias andanzas por los rumbos sureños de semejante vía rápida. Y aunque toda mi vida he sido vecino del periférico, nunca tuve la idea siquiera de echar un vistazo a lo que acontecía en esa carrera, pero ese año no podía faltar en sus filas. Entonces llené mi inscripción y pagué la cuota correspondiente para ser partícipe de los mejores 21K de Latinoamérica, según dicen los que saben.

Y así, invadido de confianza por el resultado veracruzano cinco meses atrás, me atreví a pegarme en la espalda mi tiempo objetivo: 1:45. “De ida es pura bajada y el regreso sólo tiene una subida. Nada del otro mundo que no pueda lograr; esta vez mejoraré mi tiempo”, aseguraba. Iluso de mí, pues nadie me dijo que la altura del DF y la altimetría de la carrera son infinitamente distintas a las del territorio jarocho.

Comenzaron, pues, a elevarse las pulsaciones, y mi emoción fue directamente proporcional al paso establecido hasta los 12 kilómetros, donde el cronómetro mostraba un rostro muy amable y alentador, mismo que cambiaría después de emprender el camino de regreso. Las subidas multiplicaban el esfuerzo y poco a poco la energía se esfumaba en medio de un mar de gente que alentaba lo mismo en puentes que en camellones. Ahí fue donde me di cuenta de lo extraordinario de este medio maratón, en el cual participan familias completas y el apoyo resulta evidente a cada paso.

En el kilómetro 16 el pavimento se elevó frente a mí y sentía una extraña pesadez en mis piernas. “¿Qué diablos hago aquí?”, fue la pregunta que asaltó mi mente. Ganas no me faltaban para girar a la derecha e irme a mi casa, que en ese momento estaba más cerca que la meta misma. Pero justo ahí, un par de camisetas que me rebasaron me dieron la respuesta: “Papá” e “Hijo” podía leerse en cada una de ellas.

Cuando tenía 12 años, durante las vacaciones escolares, mi papá solía llevarme a correr al Bosque de Tlalpan. Desde luego que lo mío era por pura diversión, porque ni remotamente pensaba hacerlo en forma varios años después. Entonces mi memoria excavó en sus recuerdos y, al visualizar aquellos instantes, la adrenalina le devolvió la vida a mis pasos. Minutos después, cuando la subida se convirtió en historia, de un puente peatonal surgió una voz que decía “¡Tú puedes!”: eran mis padres con las manos en alto y la emoción reflejada en sus caras. El contagio fue inminente y el resto de los kilómetros desaparecieron casi sin darme cuenta.

Finalmente, el tiempo cronometrado rebasó las dos horas, pero no me importó en lo más mínimo, ya que la experiencia superó mis expectativas y todo cuanto sucedió en ella tuvo un sabor diferente, único. A partir de esa fecha, el Medio Maratón del Día del Padre está en mi lista de indispensables, el Bosque de Tlapan se convirtió en segundo hogar y ahí, en el mismo puente, cada año escucho un grito de apoyo que me impulsa a seguir adelante.

viernes, 15 de julio de 2011

Capítulo 4. Bienvenido a los 21.

“¿Quién, en su sano juicio, viaja 400 kilómetros para correr 21 un domingo a las 7 de la mañana?”, me preguntaba mientras veía la oscuridad del cielo desde la ventana de mi habitación de hotel. El amanecer apenas se asomaba y era momento de saldar una deuda que tenía pendiente conmigo mismo: Boca del Río sería testigo de ello.

No recuerdo del todo los momentos previos a la carrera, sólo sé que de repente estaba parado ahí, con un número pegado en la playera y la seria intención de desafiar mis propios límites. Entonces el destino se cobró conmigo su mejor y más absurda novatada: después de calentar, cuando ya iba corriendo a tomar mi lugar en el bloque correspondiente, una coladera destapada me recibió con los brazos abiertos; a mi pierna derecha se le acabó el piso y mi rodilla detuvo su viaje al vacío cual si fuera un corcho insertado en una botella. La consecuencia de tan sublime acto, un raspón quemante, me hizo comenzar de una manera poco deseada. Alejandro, bienvenido a tu primer medio maratón.

El disparo de arranque se escuchó y miles de tenis comenzaron a cimbrar el asfalto jarocho. Minutos más tarde, el paisaje marítimo no se hizo esperar mientras el grupo comenzaba a estirarse a lo largo de la ruta marcada. El momento épico de la mañana fue cuando nos enfrentamos a ráfagas de aire con arena a través de edificios que formaban un embudo en la única subida del trayecto. Fue justo ahí cuando mis 57 kilos de peso estuvieron, literalmente, a punto de volar por los cielos. Pierna lacerada y detenido por una pared aérea… hasta entonces, una gran experiencia la mía.

Pero cuando pasé el número 13 el alma me regresó al cuerpo. Un año antes, a esas alturas, ya pedía clemencia y clamaba por un descanso de tres días. No obstante, esa vez me sentía bien y, aunque previamente ya había corrido 15K, nada podía compararse con llegar a esa meta en la pista de la Faculta de Educación Física.

En el kilómetro 18 el calor y la humedad empezaron a hacer mella, pero nada comparado con el hambre que se apoderó de mi estómago y me hacía pensar y repensar en los hot cakes que me esperaban en La Parroquia (ahí conocí mi adicción por esos panes esponjosos tapizados con miel y mermelada). Y así, con un raspón de rodilla, el clima húmedo, una descarga de adrenalina y el hambre a cuestas, entré a la parte final de la carrera. Una vuelta a la pista me separaba de mi marca personal inédita y aquellos metros quedaron registrados especialmente en mi memoria. Las dudas se habían terminado.

“¿Qué sigue ahora?”, me pregunté. Seguramente viajar 400 kilómetros de regreso para correr no sólo 21 sino muchos más. Desconozco dónde extravié mi sano juicio, pero de lo que estaba seguro era que ya no me importaba seguir sus consejos en caso de volver a toparme con él. Mi cansancio aminoró un par de días después y cuando retomé los entrenamientos mi visión acerca de las distancias había dado un giro total. Había comenzado una nueva etapa y Veracruz tuvo la culpa.

viernes, 8 de julio de 2011

Capítulo 3. Cuando los límites se vuelven mentiras

“Las personas, al igual que las aves, son diferentes en su vuelo, pero iguales en su derecho a volar”

El 12 de septiembre de 2007 el termómetro estaba a la baja y mis piernas temblaban, quizás por la temperatura o tal vez porque se acercaba su primera prueba de 15 kilómetros. Atrás habían quedado los 5,000 metros y el salto a 10K; era momento de dar el siguiente paso y aquel Tune Up fue el mejor argumento para lograrlo.

Tenis blancos, pants azul, playera gris y a correr. El disparo de salida se escuchó puntual en medio del bosque de Chapultepec y más adelante, cuando el asfalto de Reforma recibió nuestros pasos, observé a una pareja que sostenía un cartel con dos palabras y un dibujo cuyo significado iba más allá de lo deportivo. Minutos más tarde, justo en la última recta del circuito, un par de corredores y yo teníamos las pulsaciones a tope y con palabras de aliento nos retamos a cerrar con todo; el objetivo se había cumplido.

Posteriormente, cuando tuve la medalla entre mis manos, me senté un momento sobre la banqueta y la observé mientras reflexionaba acerca de lo que había visto minutos antes. Para ser sincero, nunca había puesto atención en algunos detalles que suceden en las carreras y esa mañana fue la inauguración de mi asombro deportivo, pues a partir de entonces la palabra “límite” tomó un nuevo significado en mi diccionario personal.

Pretextos para no correr hay muchos, sin embargo, una discapacidad o enfermedad no lo son para algunas personas que se demuestran a sí mismas que tener diferentes cualidades a las del resto de los corredores no las hace distintas. Cuando cruzamos la línea de salida, todos perseguimos un objetivo, una meta, un sueño, y con el paso del tiempo y de los kilómetros supe que la voluntad puede más que dos piernas.

Con muletas, en sillas de ruedas o codo a codo con un guía que aporta sus ojos para seguir adelante… no importa cómo, lo verdaderamente valioso es por qué. Cada personas es un mundo, una historia, y a través de los kilómetros no he dejado de admirar a quienes van más allá de los límites que el destino les impone.

Aquella mañana, una mujer fue el vivo ejemplo de la fortaleza y tenacidad que puede vestir una persona. RUN ELY decía el cartel cuyas letras compartían espacio con un moño color rojo, y cada vez que veo mi medalla recuerdo ese momento. ¿Quién nos pone, pues, los límites de nuestros pasos? ¿Dónde está la frontera que divide una discapacidad o enfermedad de la voluntad misma? Ely me dio la respuesta. A ella el destino le ha dado una nueva oportunidad; a mí, una gran lección de vida.

viernes, 1 de julio de 2011

Capítulo 2. Veracruz: de la afición a la adicción.

Esa misma tarde prometí no volver a correr jamás, pues mis piernas me observaban con ojos amenazantes después de haberles inyectado 5 kilómetros de asfalto. Parecían decirme: “ni lo vuelvas a intentar o nos pondremos en huelga; no hay necesidad de todo esto”. Sin embargo, luego de revivir con la memoria cada momento de aquella mañana, decidí otorgarles una tregua, darles tiempo para pensarlo dos veces y ponerlas en forma para ir en busca de nuevas andanzas que no sobrepasaran los 5,000 metros.

Entonces conocí a algunos amigos cuyo objetivo era, en ese momento, competir en el medio maratón veracruzano. “Si lo mío es una locura, lo de ellos es demencial”, pensaba. Y luego de convencerme de hacer el viaje —no así la carrera—, me subí al autobús con la única intención de disfrutar del territorio jarocho y echar un vistazo a un evento distinto a los que estaba acostumbrado.

Todo iba perfecto hasta que, en la entrega de paquetes, alguien soltó un comentario al aire: “¿por qué no la corres? Te anotamos en lista de espera y por la tarde regresamos a ver si quedó algún lugar para ti”. Desde luego, pensé que se trataba de una broma y recé para no volver y enterarnos del resultado: horas después evidencié el poder de mi fe. No obstante, mis amigos me insistían en correrla “por fuera” hasta donde mis pasos agotaran su energía y así rebasar los límites que existían en mí.

¿Intentar 21 kilómetros cuando mi máximo eran 5? Ni siquiera llevaba los tenis y ropa adecuados, mucho menos condición física para semejante reto. Y aunque jamás me vi rebasando la meta, tomé ese circuito como un “paseo turístico” (preferí eso a esperar dos horas a que llegaran mis amigos).

El domingo a las 7 horas todo estaba listo: los corredores, el circuito y yo, el novato que estaba metido en una encrucijada deportiva por obra y gracia del contagio de los demás. Cuando sonó el disparo de salida puse los pies en marcha sin un objetivo claro y mi ritmo era tan lento que imaginaba a una tortuga del Acuario rebasarme sin problema alguno (lo cual minaba mi autoestima). Luego del kilómetro 5 mis piernas retomaron su mirada amenazante, mis hombros manifestaron tensión y las ampollas comenzaron a darse un festín con mis pies, pero no me detuve.

Así acumulé más distancia hasta que mi cuerpo decidió ponerme un alto definitivo: había alcanzado 13 kilómetros y nunca pude explicarme cómo. Atravesé el camellón y caminé hasta el punto de encuentro donde mis amigos ya esperaban; ellos estaban más emocionados que yo al saber mi nueva hazaña.

De regreso al DF, seguía sin entender cómo me había apoderado de ese número 13, y aunque no encontré la respuesta, por primera vez supe que, sin importar la distancia, lo fundamental para correr es desearlo y disfrutarlo. Seis horas después, cuando el viaje llegó a su fin, bajé del autobús arrastrando las piernas, pero con la firme intención de volver el siguiente año a sacudir el asfalto veracruzano.

Mi adicción empezaba a tomar forma.

Mayo

Te escribo desde la trinchera del silencio, aquí donde el recuento de los daños pasa factura a punta de recuerdos, nostalgias y preguntas ...