martes, 21 de septiembre de 2010

Ni Chana ni Juana; simplemente, El Coloso

Emiliano Zapata, José Stalin, Luis Donaldo Colosio, Benjamín Argumedo, Vicente Fernández… no estoy jugando lotería sino barajando los posibles nombres para bautizar semejante mole de 20 metros carente de identidad alguna. Es que a quién se le ocurre hacer un “Coloso” sin ponerle, al menos, un divertido apodo. Su autor material, el escultor Juan Carlos Canfield, dijo que es un personaje medio perdido en la historia; no es guerrero, tampoco militar. Luego, la SEP aseguró que el monote no tiene nombre ni apellido. ¿Usted de qué le ve cara?

Pero aplaudo la intención, quizás involuntaria, de poner a desfilar un rompecabezas para reflejar lo que México es actualmente: una figura desarticulada (ni siquiera la espada que portaba está completa), sin color, con una mirada en blanco viendo a la nada, y que da cuenta del derroche económico bicentenario, consentido por unos cuantos, en aras de presumir la opulencia de la cual carecemos como sociedad. Si la intención fue esa, finalmente alguien se atrevió a plasmar la realidad, aunque sea en una figura de poliuretano.

Y para los que se preguntan dónde acabará instalado el Hombre X luego de su pasarela por el Paseo de la Reforma, todo parece indicar que será en la basura. Pero yo tengo una propuesta más sensata y menos fatalista: reciclarlo con el objetivo de utilizar su material para construir viviendas, o bien, ponerlo en adopción. ¿Qué tal promoverlo para comerciales de máquinas de afeitar? Otra alternativa es mandarlo a hacer casting a Hollywood y verlo próximamente combatiendo contra Godzilla en la pantalla grande.

En fin, el jolgorio ya terminó y ahora sólo resta esperar la siguiente centuria para ver qué nos depara el colosal destino. Tal vez para ese entonces la incógnita termine y se revele la identidad de tan polémica figura. Pero les doy un adelanto: el tipo que hoy es víctima de la polémica resultará ser el jinete del Caballo de Troya; de su interior emanarán insurgentes que combatirán el régimen establecido, y una nueva independencia se llevará al cabo. Todos serán felices y el tricentenario tendrá, efectivamente, una verdadera razón de ser.

Finalmente, de dos detalles estoy seguro: primero, quizás sea yo quien deba hacer casting para escribir guiones cinematográficos; y segundo, a menos que próximamente se descubra la fuente de la eterna juventud, no estaré presente para corroborar mi hipótesis. Qué lastima. Hubiera sido magnífico estar en primera fila para comprobar el hecho.

domingo, 19 de septiembre de 2010

1985: el rostro de la tragedia nacional

“Siete de la mañana, 19 minutos, 42 segundos: tiempo del centro de México. Sigue temblando un poquitito, pero pues vamos a tomarlo con una gran tranquilidad. Vamos a esperar un segundo para poder hablar”… y luego, nada. En ese momento, la voz de la conductora Lourdes Guerrero se apagó y la pesadilla comenzaba. Poco más de dos minutos bastaron para que la ciudad cayera de rodillas ante un sismo de 8.1 grados y la memoria de los mexicanos quedara tatuada por aquella fatídica fecha: 19 de septiembre de 1985.

“Algo había pasado. Nos sacaron a todos del metro y afuera todo estaba nublado, sólo veíamos una nube de polvo que cubría el cielo y a gente gritando”, comenta un testigo del peor terremoto acaecido en territorio nacional. El edificio Nuevo León de Tlatelolco estaba completamente destruido; el Hotel Regis, en ruinas; los edificios A1, B2 y C3 del Multifamiliar Juárez, derrumbados; el Centro Médico Nacional, reducido a escombros. La imaginación jamás había concebido una catástrofe de tal magnitud, pero en ese momento la realidad logró imponerle su sello. El equivalente a una detonación de 114 bombas atómicas, de 20 kilotones cada una, había hecho mella en suelo mexicano.

El recuerdo personal es vago. Mis papás dicen que íbamos rumbo a la escuela y, con cuatro años de edad en mi vida, no comprendía lo que pasaba. Al día siguiente, 20 de septiembre, una réplica inquietó tanto a mi familia como a los vecinos. “Agarra a tu hermano”, fue la orden repentina, y en brazos de mi papá bajé la escalera para finalmente levantar la mirada hacia el edificio, quizás esperando lo peor.

Las verdaderas cifras nunca fueron reveladas, pero se habla de más de 35 mil víctimas y 150 mil damnificados. Hubo escasez de agua, un colapso en las redes telefónicas del país, 880 edificios en ruinas, y el parque beisbolero del Seguro Social adaptado como morgue. La tragedia no respetó jerarquías, pues lo mismo se llevó entre sus manos a personas públicas (“Rockdrigo” González y Félix Sordo, entre ellos), que a otras más reconocidas únicamente por sus familiares y amigos.

Sin embargo, y a pesar del sombrío panorama que azotó al país, miles de civiles se convirtieron en héroes anónimos al donar su voluntad para remover escombros y rescatar a personas que incluso permanecieron sepultadas durante 10 días. Manos desconocidas se unieron con un mismo fin y las brigadas no se dejaron esperar. No importó la condición social, tampoco la profesión u oficio: México era uno solo, y sus ciudadanos, millones de altruistas que compartían el mismo dolor, pero también la misma esperanza.

Luego de 25 años del temblor que cimbró la conciencia nacional, debemos preguntarnos qué hemos aprendido. ¿Tenemos una eficaz cultura de la prevención? ¿En las escuelas es suficiente un “no corro, no grito, no empujo”? ¿Estamos realmente preparados para enfrentar un acontecimiento de tales dimensiones? Un cuarto de siglo atrás quedaron aquellas desgarradoras imágenes de las cuales hoy nos queda una triste herencia. ¿Cuál es la lección entonces?

Hoy, al echar un vistazo a las fotografías y videos del terremoto, aún me sorprende la capacidad destructora de la naturaleza; resulta inexplicable observar las toneladas de escombros convertidas en tumbas. No obstante, más allá de la desesperación y la zozobra, una improvisada organización permitió nuevamente el milagro de la vida a más de uno. Por todos ellos, víctimas y rescatistas, la memoria no debe morir; por todos ellos, el recuerdo debe ser permanente; por todos ellos, el 19 de septiembre no es un día más en el calendario.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Semblanza maratónica

Aquella mañana tenía un cúmulo de pretextos para no cumplir el objetivo: cansancio, dolor, posibles calambres, una pared, eventual deshidratación y agonía. Sin embargo, en mi mente me había tatuado cuatro letras y, a pesar de cualquier circunstancia, estaba convencido de que las vería llegar para levantar los brazos hacia ellas… porque de ahí al cielo sólo existe un paso.

El termómetro estaba a la baja, pero el grupo contagiaba una enorme vibra que hacía olvidar los escasos grados centígrados en el ambiente. Entonces un disparo al aire encendió mis sentidos; le puse play a mis piernas y el Ipod empezó a correr. La ansiedad en el cronómetro poco a poco se liberó para dar paso a una experiencia extraordinaria, mientras la vialidad se veía invadida únicamente por miles de piernas en busca del mismo fin.

El sabor del kilómetro uno fue muy especial, pues me hizo recordar mis inicios en este deporte y ahora, en mi primer maratón, la idea de verlo multiplicado por 42 era un sueño al alcance de mis piernas. Me armé de paciencia, mantuve un ritmo tranquilo pero constante y no solté las pulsaciones porque sabía que más tarde me harían falta. Avanzamos e invadimos el asfalto de una ciudad que abría los ojos en un domingo nublado. Las calles se tornaron diferentes: rostros familiares con gritos de apoyo, pancartas con letras llenas de vitalidad, manos extendidas que contagiaban energía, y un mar de metros que invitaban al mayor de nuestros retos. Puentes, avenidas y cruceros serían testigos del esfuerzo, la esperanza y la gloria.

Playeras y caras conocidas devoraban el trayecto. Se trataba de compañeros corredores con quienes los entrenamientos se convirtieron, más que en simples sesiones, en verdaderos momentos de aprendizaje. Estando ahí, compartiendo el mismo circuito, supe que todo había valido la pena y el triunfo sería uno mismo, más allá del tiempo final o las circunstancias individuales. “¡Vamos equipo!”, se convirtió entonces en una frase cuyos alcances sobrepasan cualquier obstáculo.

Así vi pasar los kilómetros mientras recordaba mis experiencias previas: mi primera carrera de 10, mi debut en medio maratón, mi marca en 26, pero cuando apareció el número 34 sabía que todo podía pasar. “Bienvenido a tu nueva experiencia”, me dije, pues nunca había dado un paso más allá de ese número, ni siquiera en entrenamientos. No había vuelta atrás. Me concentré, subí el volumen a la música y estaba dispuesto a apoderarme de los metros restantes. Kilómetro 36: un niño y una niña, ambos de aproximadamente seis años de edad, ayudaban emocionados a repartir bolsas con agua. Me acerqué y él me extendió su mano; me regaló líquido y al recibirlo sentí una extraordinaria vibra que me inyectó energía para continuar. Uno a uno vi caer los números y cuando arribé al 37 mis piernas querían entrar en conflicto con mi mente, pero ésta última ganó la partida. El 42 supo a gloria y algunos pasos adelante mis latidos se escuchaban más fuerte que el ambiente alrededor mío. El alfabeto resulta escaso para describir ese preciso momento…

Algunas personas dicen que antes de morir se presenta, en cuestión de segundos, un flash-back de momentos especiales en su vida. Ayer me sucedió lo mismo, pero en poco más de cuatro horas y, aunque mi corazón no se detuvo, comprendí que en circunstancias difíciles los recuerdos y todo cuanto ha sido parte de nuestra existencia pasada (bueno o malo) nos fortalece y acudimos a ello para seguir adelante. Así es el maratón: una dosis de preparación física mezclada con grandes cantidades de voluntad.

Las cuatro letras tatuadas en mi mente habían llegado; estaba justo bajo sus pies y en ese momento, cuando vi hacia arriba, levanté los brazos hacia ellas para no bajarlos nunca más. El objetivo se había cumplido.

¿Conocen una palabra que sea sinónimo de sueño hecho realidad? Yo sí, y se llama META.

martes, 31 de agosto de 2010

Independencia y religión: mézclese bajo su propio riesgo

Hoy amanecí sumamente preocupado y con tremenda angustia en mi corazón, pues el Episcopado anunció que es pecado no festejar el bicentenario. Pero al investigar un poco sobre el tema, llegué a dos conclusiones: que Moisés nunca publicó una versión extraoficial de sus mandamientos y por ende jamás hubo más de 10, y que los responsables de emitir “el nuevo pecado” quieren hacer de la historia una pachanga según creen conveniente, aunque, por supuesto, nada convincente.

Como la magia de internet es maravillosa, pude encontrar en algún rincón de la telaraña mundial el edicto de excomunión dedicado a Miguel Hidalgo para darme cuenta de las contradicciones religiosas en torno al tema. Y seré sincero: en primera instancia el documento me causó curiosidad por su kilométrica sobredosis de verborrea, sin embargo, es un caso digno de análisis porque aquellas letras católicas expresan más maldiciones, literalmente, que las que yo he dicho en toda mi vida. Aquí una muestra:

“Por la autoridad de Dios Todopoderoso, el Padre, Hijo y Espíritu Santo; y de los santos cánones, y de la Inmaculada Virgen María madre y nodriza de nuestro Salvador; y de las virtudes celestiales, ángeles, arcángeles, tronos, dominios, papas, querubines y serafines y de todos los santos patriarcas y profetas, (…) juntamente con todos los santos elegidos de Dios, lo excomulgamos y anatematizamos, y lo secuestramos de los umbrales de la iglesia del Dios omnipotente, para que pueda ser atormentado por eternos y tremendos sufrimientos”.

“Que sea condenado donde quiera que esté, (…) aún en la iglesia. Que sea maldito en el vivir y en el morir (…) Que sea maldito interior y exteriormente. Que sea maldito en su pelo. Que sea maldito en su cerebro. Que sea maldito en la corona de su cabeza y en sus sienes, en su frente y en sus oídos; y en sus cejas y en sus mejillas; en sus quijadas y en sus narices; en sus dientes anteriores y en sus molares; en sus labios y en su garganta; en sus hombros y en sus muñecas; en sus brazos, en sus manos y en sus dedos. Que sea condenado en su pecho, en su corazón, y en todas las vísceras de su cuerpo. Que sea condenado en sus venas, en sus músculos, en sus caderas, en sus piernas, pies y uñas de los pies (…)”.

Acepto que a veces soy exagerado para escribir, pero creo que hace mucho tiempo, en una galaxia muy cercana, el Pontífice Pío VII me ganó de manera contundente ese honor. En fin, pobre Miguel Hidalgo. Con semejantes deseos para su persona el infierno debió quedarle muy chico. Lo que más me dolió en su caso fueron los dientes molares y las uñas de los pies; sé lo que se siente en vida y no se lo deseo a nadie.

Pero ahora nos vienen con el cuento de que el cura independentista se confesó antes de morir y así, cual simple telenovela, de último minuto se salvó de todo el choro arriba descrito; lo ocurrido el 29 de julio de 1811 jamás sucedió, y no hay más pretexto para no festejar. Fin de la polémica. Resulta que quienes mandaron tan lejos como pudieron a Don Miguel, lo aborrecieron y casi lo queman en leña verde, hoy nos dicen todo lo contrario. Si hasta el Cardenal Juan Sandoval mencionó que Hidalgo fue excomulgado por violar conventos para robar sus bienes y ultrajar religiosas. Ah, perdón… como la pachanga está cercana, nunca dijo lo que dijo. ¡Qué va, estaba bromeando! ¡Salud!

Mejor desempolvemos el sombrero que pa’ luego es tarde; saquemos banderas, encendamos fuegos artificiales. No vaya a ser que el disfraz de Grinch Bicentenario me vaya a mandar derechito y sin escalas a visitar al maligno. Hagamos caso a los intelectuales religiosos; nadie mejor que ellos para aconsejarnos, pues total, si en su gremio abusan de los niños, ¿que nosotros no abusemos del tequila?

¡Viva México!

martes, 24 de agosto de 2010

El lado oscuro del bicentenario

Cualquier pretexto es bueno para
interrumpir la marcha del tiempo y
celebrar con festejos y ceremonias
hombres y acontecimientos (…) Cada
año, el 15 de septiembre a las once de la
noche, en todas las plazas de México
celebramos la fiesta del Grito; y una
multitud enardecida efectivamente grita
por espacio de una hora, quizá para
callar mejor el resto del año.

OCTAVIO PAZ, El laberinto de la soledad


¿Para qué sirve la historia? ¿Nos enseña algo? ¿Hemos aprendido de ella? ¿O sólo se trata de un montón de anécdotas, personajes y fechas anidados en libros que se repiten como letanía para pasar exámenes escolares o, en el mejor de los casos, recordar que es momento de comprar banderas, sombreros y vitorear a los héroes vestidos de gloria por el discurso oficial?

Septiembre está a la vuelta de la esquina y hoy, luego de 200 años del inicio de la independencia —no de su consumación, lo cual debiera ser el verdadero motivo para conmemorar—, existe un México que presume sus dos caras tan contradictorias: el secuestrado por la delincuencia (30 mil víctimas en tres años y medio), el desempleo (5.2% de la población económicamente activa), la falta de educación (aproximadamente 300 mil menores que no acuden a la escuela), y la pobreza extrema (20 millones de personas en esa situación); y, por otra parte, aquel plagado de eventos patrioteros tan cuestionados por su despilfarro de dinero… todo en nombre de la historia.

¿A qué juegan las autoridades? Derrochar casi 3 mil millones de pesos bajo el pretexto de que el país está de manteles largos, cuando en realidad se está cayendo a pedazos, sin duda es “la mejor forma de celebrar”. Actitud irresponsable y vergonzosa, desde luego. Pero ya que la pachanga es inminente, y más allá de pretender entablar un diálogo con sordos, existen detalles desafortunados que poco o nada se mencionan al respecto. Para muestra tres botones:

Los pasajes telenoveleros que nos han contado acerca de los héroes independentistas y revolucionarios. Si bien es cierto que de una u otra forma cada uno de ellos tiene su lugar en los acontecimientos históricos, muy poco se dice de los verdaderos personajes de carne y hueso que actuaron en las batallas por la libertad: Miguel Hidalgo, señalado por Allende como traidor, toleró en su movimiento el saqueo y el asesinato y ordenó matar a 300 prisioneros españoles sin proceso alguno; Agustín de Iturbide, acusado de enriquecimiento ilícito, abuso de autoridad y conducta violenta, se proclamó emperador una vez consumada la independencia, pero tiempo después lo fusilaron por traidor; y Francisco Villa, intolerante y cruel, permitía a sus tropas saquear, violar y matar, incluso tuvo más de 20 mujeres en matrimonio además de un contrato con Hollywood para filmar sus batallas.

¿Suena tenebroso? Pues tal vez lo sea, pero ya lo mencionó Alejandro Rosas en su libro Mitos de la historia mexicana: “el sistema político mexicano, por medio de su particular concepción de la historia, durante el siglo XX fragmentó la verdad, se encargó de crear bandos irreconciliables y negó la naturaleza humana de los protagonistas de la historia nacional”.

Luego, las deficiencias en los libros de texto conmemorativos del bicentenario entregados a los alumnos de educación básica. En ellos la historia se reduce a simples datos interesantes y la misma SEP aceptó “algunas fallas” en su contenido, además habrá libros complementarios a finales del año, pues hubo una pequeña falta: el periodo de la Conquista a la Colonia… ¿tema nada importante? Y aunque me resistí a creerlo, en las páginas de historia de sexto grado aparece la palabra “sovrevivieron”… ¿le habrán hecho el anti doping a quien escribió semejante barrabasada? ¿O las palabras en mi diccionario ya son obsoletas? ¡Esa es nuestra educación bicentenaria!

Y finalmente, el fino detalle de elegir una canción “digna” del bicentenario en manos de Aleks Syntek y Jaime López, calificada por algunos como cursi, boba, pobre y alejada de nuestra realidad. Al escucharla, tan simplona como es, sobra decir que sabe a nada y se comprueba así el tamaño mental que poseen algunas autoridades para hacerse de un tema musical que “identifique” a los mexicanos. Basta con analizar cinco palabras del coro: “Shalalalalala, el futuro es milenario”. ¿No se supone que un milenio son 1,000 años? Hagamos cuentas: si la Independencia fue hace 200, la Revolución hace 100 y estamos en 2010… ¿dónde está entonces la relación con el citado milenio? Ya del resto del tema mejor ni hablar.

Si en verdad se busca una pieza con auténticos matices mexicanos, ¿por qué no el Huapango de Moncayo? Aunque tal vez sea mucho pedir a las autoridades que lo conozcan y, en consecuencia, lo oficialicen en su bizarro festejo. ¿Y qué hay del mariachi? También sobra música regional característica de los pueblos mexicanos y autores e intérpretes con los cuales la gente se identifica plenamente.

Así pues, en nuestras manos está celebrar desde nuestro asiento y ver pasar la historia que nos han contado o involucrarnos en ella para formar parte de sus páginas. Un legado va más allá del grito desde Palacio Nacional y festejar no siempre significa absorber tequila como esponjas. Quizás una visión más crítica de nuestro pasado y presente nos lleve a planificar un mejor futuro. De nosotros depende construirlo.

Y a ti, ¿a qué te sabe la historia?

lunes, 16 de agosto de 2010

¿A qué saben 34 kilómetros?

El kilómetro 7 de la carretera Picacho-Ajusco marcó el punto de salida y la lista de indispensables estaba cubierta: botellas con bebidas energéticas estacionadas alrededor de la cintura, geles en espera de inyectar glucosa al organismo, música invasora de energía en los oídos, y cronómetro abrazando la muñeca izquierda. Eran 8:22 de la mañana y, cobijados por el frío que aún prevalecía en el ambiente, comenzó nuestro andar.

El objetivo del día señalaba 34 kilómetros, sin embargo, mi entrenamiento consistiría en tres puntos fundamentales: aprender a administrar la energía durante el recorrido, cubrir la distancia en su totalidad a un ritmo cómodo pero constante y, sobre todo, disfrutar el trayecto. Así que no faltaba más y los pies se pusieron en marcha.

A casi 3,000 msnm apareció la primera gran postal: el Valle de México que despertaba envuelto por nubes y le otorgaban un aspecto fantasmagórico. Más tarde, al bordear la montaña con el Pico del Águila asomado cerca de nosotros, el segundo regalo a la vista hacía su aparición: distantes, el Popocatépletl y el Iztaccíhuatl mostraban su grandeza dándole al paisaje una inigualable perfección.

La suma de metros continuaba en medio de maizales que tapizaban de verde el campo, de borregos que hacían sonar sus cencerros a la orilla de la ciclopista mientras desayunaban el pasto mojado, de un señor que domesticaba un caballo en el patio de su casa, y de ese olor tan peculiar que posee la atmósfera rural, aun inserta en la gran urbe. Incluso por momentos eran únicamente las pulsaciones cardiacas las que se mezclaba con el trinar de las aves o el cantar de un gallo.

De repente escuchamos rugir algunos motores en un camino paralelo al nuestro y más adelante, cuando vimos “La Cúpula”, supimos que era la señal: habíamos llegado al cruce con la carretera federal a Cuernavaca; nos encontrábamos a la mitad de nuestra ruta. Teníamos completada la distancia de ida y el regreso daba inicio.

Minutos más tarde recordé la frase que un amigo me dijo alguna vez: “el maratón empieza en el kilómetro 30”… y justo en ese momento me encontraba instalado en ese punto. Una pared amenazaba con bloquear el camino pero las piernas parecían no derribarse ante tal reto. La energía fluía constante, y cuál fue mi sorpresa al saberme fuerte después de tres horas de entrenamiento. La estrategia había funcionado para ser mi primera vez en gran distancia. La lección fue clara: paciencia y concentración son la clave para cumplir el objetivo.

Luego de 3 horas y 27 minutos el punto de partida se veía cercano nuevamente, pero ahora mostraba un rostro distinto: era nuestra meta. Llegué cantando Somos los campeones, y aunque quizás al siguiente día me costaría un esfuerzo sobrehumano levantarme de la cama, por hoy nadie me arrebataría la magnífica experiencia que el running me regaló.

Esa mañana fuimos cuatro. Cada quien a su ritmo, cada cual con su estrategia, pero todos con el mismo objetivo llamado maratón. Antes de emprender el regreso y abordar el automóvil, uno de ellos dijo: “nosotros hacemos lo que el 80% de la población no hace… gracias por estos momentos”. Y entonces todos sonreímos.

jueves, 12 de agosto de 2010

¿Por qué un maratón?

Esta historia comenzó el 1 de octubre de 2006. Aquel domingo, cuando las manecillas estaban a punto de las 8 horas, supe que existía un lugar llamado Circuito Gandhi donde participaría en mi primera competencia de 5 kilómetros. Enfundado en una playera anaranjada, pants azul y tenis blancos, me sumergí en el asfalto y 27 minutos después el objetivo se había consumado. Y lo confieso: esa misma tarde juré nunca más volver a correr, pues me dolía hasta la escasa voluntad que me sobró siquiera para mover un dedo.

El día siguiente fue crucial: por la mañana, y todavía con la cruda deportiva en cada centímetro de mis piernas, visité la página web donde se almacenaban mis resultados y fotografías. Los instantes que a continuación sucedieron fueron sin duda los responsables de mi continuidad en estas andanzas: la impresora se encargó de materializar mi certificado que presumí a cuanto familiar cruzaba por la sala de mi casa, mi lugar 87 en el evento simplemente me supo a gloria, y la medalla sustituyó al diploma de la primaria en la pared. Entonces advertí una extraña sensación de instalarme nuevamente dentro de mis tenis para regresar a las pistas…

Probé otros 5 K nocturnos y luego di el salto a 10 K. Pero lo mejor estaba por venir: conocí a algunos amigos con quienes tuve la oportunidad de compartir carreras e incluso momentos más allá de ellas, y descubrí que no se trataba sólo de poner los pies en marcha, sino de transformar esos instantes en experiencias almacenadas hoy día en un lugar especial de la memoria. Después llegó el reto del medio maratón, el ascenso en la Torre Mayor y el Tune-Up 26 K, pero siempre acompañado por personas que me apoyaban lo mismo con su compañía que con una llamada o mensaje telefónico (responsables al respecto existen muchos y quienes se saben parte de esta historia seguramente acaban de expulsar una sonrisa de sus labios).

También fui testigo, a través de varios corredores, del poder que tiene la voluntad para hacer frente a distintas adversidades, pues una enfermedad, discapacidad o detalles que muchos ven como negativos, otros los convierten en un reto para demostrar al mundo, pero sobre todo a sí mismos, que la palabra “límite” es apenas una referencia en el diccionario. “Correr por la vida es lo que hacemos a diario”, escribí un día, y más de una vez he sido testigo de ello. El próximo 12 de septiembre será mi turno de comprobarlo.

Si hace cuatro años alguien me hubiera dicho que estaría inscrito en un maratón, sin duda hubiese dudado de su cordura y estabilidad mental, sin embargo, el que hoy parece estar carente de dichas cualidades es quien escribe las presentes líneas. Pero no importa. He leído que más de uno suele llamar “loco” a quienes corren cualquier distancia y, si nos referimos a 42 kilómetros, entonces creo tener asegurada mi membresía en algún manicomio. Hoy diré que mi estrategia no es dejar atrás a otros corredores, tampoco ganarle al cronómetro, sino vencerme a mí mismo y exorcizar mis propios límites.

Así pues, mi siguiente reto está a la vista y hoy, a un mes de correr mi primer maratón, siento los mismos nervios y emoción que cuando hice mis primeros 5 kilómetros. Las circunstancias actuales son distintas, pero muchas personas que me han inspirado siguen conmigo y sé que estarán ahí, física o mentalmente, cuando llegue a la meta… porque esto también es por ustedes.

Mayo

Te escribo desde la trinchera del silencio, aquí donde el recuento de los daños pasa factura a punta de recuerdos, nostalgias y preguntas ...